#MuestraSyfy: plagas bíblicas reflexionan sobre el capitalismo

El útimo día de la Muestra Syfy arranca precipitadamente: el dolor de cabeza, el reloj en contra y el café aguado son los tres ingredientes con los que empieza un día triste. Triste porque está nublado, porque amenaza con llover, porque la resaca puede atacar en cualquier momento y porque no me quedan neobrufens. Y porque la Syfy toca a su fin. Además del hecho, siempre vergonzoso, de tener que disculparme con un colega al que dejé solo ante el peligro de la sesión golfa la noche anterior. Pero bueno, podemos pensar que si arrancamos mal, solo podemos ir a mejor.

Alguien escucha nuestra plegarias y nos plantan delante Demon: una película de polacos borrachos en una boda en la que se cuela una posesión infernal. Cosas de las bodas polacas.

Demon es una rareza de un atractivo muy particular: es pausada pero tensa, es ambivalente y contradictoria. Es narrativamente confusa pero no tiene diálogo que no dé puntada sin hilo. Esconde, se podría decir, una reflexión subrepticia no sólo de los problemas contemporáneos de la sociedad polaca con su memoria histórica sino de los problemas de entendimiento entre distintas religiones y su falta de pacífica coexistencia. Eso, sumado a su absorbente puesta en escena, su fuerte apuesta por el elemento fantástico como mera decoración y el calado de sus diálogos la convierten en un plato difícil de digerir. Pero de notable acabado.

Se inspira, además, en la leyenda judía de Dybbuk según la cual el alma que por algún hecho traumático no ha podido continuar su ciclo natural de reencarnación se pasea por el mundo de los vivos en busca de cuerpos que poseer. La leyenda dice que cuando alguien es poseído por un Dybbuk, es que algo tenía que esconder. Y casi todos los personajes de Demon tienen algo que esconder mientras ahogan sus penas en alcohol y celebraciones. Triste pero también fascinante película cuya realidad terminó peor que la ficción que retrata. Su director, Marcin Wrona, se ahorcó tiempo después de terminar el rodaje. ¿Da mal rollo, eh?

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Del mal rollo en el cuerpo que nos deja Demon, pasamos a JeruZalem. La Z mayúscula no la pongo yo: esto va de dos turistas americanas que terminan en la ciudad sagrada justo cuando se desata un apocalipsis zombie. Haber elegido muerte.

Dos particularidades rodean JeruZalem de algo que se supone, habría de diferenciarla de todas las películas de hordas de zombias habidas y por haber: en esta los no muertos tienen un cariz de plaga bíblica y alas. Y la película está rodada en POV, de tal manera que toda la muerte y la destrucción se vive en primera persona a través de unas google glasses que lleva la protagonista, en un inteligente juego de Found Footage.

No obstante, ninguno de estos dos elementos la salva: previsible, ridícula y cansina, JeruZalem no se atreve a volverse realmente malévola en ningún momento. Sus “giros” de guion son tan absurdos como su premisa y no tiene personaje con el más mínimo interés. Culpa, en parte,d e intérpretes que no dicen ni aportan nada más que caras bonitas al conjunto. Pero bueno, hay zombies con alas que matan peña. Y ya.

Total, que después de sobrevivir al peor apocalipsis que uno pueda imaginar, por aburrido y mal llevado, cambiamos radicalmente de género para encontrarnos con la nueva comedia de Terry Jones: Absolutamente todo.

Planteada y ejecutada como una comedia de humor blanco pero efectivo, sin demasiadas pretensiones, Terry Jones carga sobre las espaldas de un siempre solvente Simon Pegg una película tan normal como bien hecha.

Absolutamente todo cuenta la historia de unos aliens que, antes de destruir el planeta tierra, deciden dar poder para hacer realidad cualquier deseo a un humano al azar para saber si es capaz de discernir entre el bien y el mal. Ese poder llega a las manos del personaje de Pegg que lo único que quiere es, comprensiblemente, beneficiarse a su vecina Kate Beckinsale.

Absolutamente todo

Divertida, entretenida y con algún que otro chiste antológico, Absolutamente todo es un ejercicio de comedia británica olvidable pero no menos encomiable gracias a un inteligente juego con los clichés de la comedia romántica. Una doble sesión complementaria a Como Dios sería divertida.

Después de ponérnoslo tan fácil, llega High-Rise para complicarnos la vida. Ben Wheatley llegaba con su nuevo trabajo a la última película de la Muestra Syfy, para ponerle las cosas difíciles a cualquier espectador por paciente que sea.

Junto a The Invitation, High-Rise podría ser para un servidor la mejor película de la Muestra Syfy de este año. Y mira que es extraño que se programase como sesión de clausura puesto que es una película que deja mal cuerpo y espectadores confundido (cuando no cabreados). No se sabe muy bien qué cuenta, qué pretende ni qué refleja. Y sin embargo, es absolutamente hipnotizadora.

Tom Hiddleston interpreta, estupendamente, a un psicólogo que se acaba de mudar a un edificio enorme, en el que se desarrolla una vida normal y corriente. Un edificio que tiene todo lo que una sociedad moderna debería tener: un centro comercial, una piscina, un gimnasio… Y por supuesto, lucha de clases.

Ben Wheatley realiza en su adaptación de la novela de J. G. Ballard una críptica reflexión sobre el capitalismo que de pronto se torna en locura narrativa, sin por ello perder la cordura visual. Ese rascacielos es también ese sistema basado en la propiedad privada y el sudor público que permite y alienta la diferencia de poder entre sus habitantes para su desarrollo natural. Un edificio lleno de injusticias y crueldades que, sin embargo, somos incapaces de abandonar.

Todo, en High-Rise está dispuesto con un segundo significado que va minando la capacidad de defenderse de quien la observa, de tal manera que ejerce un poder de influencia considerable, que justifica sus “idas de olla”. En esa espiral de locura y degradación que todo exceso de poder (o carencia de este) produce, la obra de Wheatley se presenta como una impecable, bella y desmesurada puesta a punto de lo que una distopía contemporánea debería ser. Increíble.

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Con ese sabor amargo que dejan todas las películas que te rompen por dentro, High-Rise corona una muestra que echaremos de menos. Con su público exagerado, su estupenda Leticia Dolera como maestra de ceremonias y su enormemente variado catálogo que representa lo mejor y lo peor que genera el cine de ciencia-ficción y fantasía contemporáneo. Hasta el año que viene, Muestra Syfy.

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