LA ADMIRACIÓN TARDÍA DE BREAKING BAD

ESTE ARTÍCULO CONTIENE NUMEROSOS SPOILERS ABSOLUTAMENTE CRIMINALES PARA QUIEN NO HAYA VISTO (AÚN) BREAKING BAD

El mundo ha sido dividido en dos facciones culturales muchas veces: los fans de The Beatles vs los de The Rolling Stones, Jimi Hendrix vs Eric Clapton, Marilyn Monroe vs Audrey Hepburn, El señor de los anillos (2001-2003) vs Harry Potter (2001-2011)… sin duda alguna, también hay un enfrentamiento establecido y mucho más primario entre los que han visto Breaking Bad (2008-2013), y con ello casi inevitablemente les ha encantado, y los que no. Hasta hace poco yo pertenecía a ese segundo grupo de escépticos, que se reía a carcajadas del gag de Padre de Familia (1999 – …) en el que la emisión de la serie consistía únicamente en una sesión de hipnosis que obligaba a su víctima a recomendarla.

Sigo riéndome, es muy bueno.

Al final he visto Breaking Bad, pero ha sido por dos buenas razones. Por un lado, la serie no ha sido alabada únicamente por un colectivo de fans entusiastas sino que ha tenido el apoyo unánime de la crítica mundial, prueba de ello es la inclusión de algunos de los elementos de atrezo más característicos de la serie en el museo Nacional de Historia Americana del Instituto Smithsonian o la carta de Anthony Hopkins dirigida a Bryan Cranston en la que le aseguraba que su interpretación como Walter White era la mejor actuación que había visto en su vida. Por otra parte, estando rodeado de personas que sí que han visto la serie, cada día que pasaba había amenazas reales de spoilers que me convertían justificadamente en un paranoico.

En fin, la empecé a ver… y el episodio piloto me fascinó. Es una obra maestra compacta y repleta de escenas memorables como aquella en la que anuncian al protagonista que tiene cáncer de pulmón y el personaje sólo puede fijarse en una mancha que tiene su médico en la bata. Sin embargo, de esta presentación del protagonista y todo su universo pasamos a episodios dedicados casi exclusivamente a acciones individuales, como toda la trama del cautiverio y posterior asesinato del pequeño narcotraficante Krazy-8 (Max Arciniega). No es en absoluto un defecto, pero en un principio se aleja de la complejidad de las descripciones de microcosmos particulares de otras series muy celebradas como The Sopranos (1999-2007) y The Wire (2002-2008).

Termina la temporada y tengo la sensación de haber visto algo muy bueno, pero que quizás no justifica el bombo creado alrededor de la serie. De hecho, todo lo visto parece tener forma de una introducción que invita a continuar con el visionado, ya que incluso termina con el asentamiento de Walter, y su compañero de trabajo Jesse Pinkman (Aaron Paul), en un trabajo cargado de violencia.

Sin embargo, de esa impresión muy buena pero quizás no absolutamente genial, la serie se va agrandando conforme avanza, gracias el desarrollo de los personajes de Walter y de Jesse, de la sufrida esposa del primero, Skyler (Anna Gunn), su cuñado agente de la DEA (Administración para el Control de Drogas), Hank (Dean Norris) y su cuñada cleptómana, Marie (Betsy Brandt), y también por unos secundarios extraordinarios como Saul Goodman (Bob Odenkirk), el abogado sin escrúpulos, Gus Fring (Giancarlo Esposito), el narcotraficante poderoso, y su fiel sicario y hombre para todo, Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks).

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Continúo con la serie. Me preguntan si ya he llegado al episodio de “la mosca”, Fly (3. 09) y sólo contesto: “es genial, de los más reflexivos que he visto, no entiendo que nadie pueda tener nada en su contra”. Junto al piloto, lo veo como el más bien dirigido hasta el momento, y no es casualidad, su realizador es Rian Johnson, el autor de Brick (2005) y Looper (2012), que también se ocupa del capítulo más valorado de Breaking Bad, Ozymandias (5.14), que es sencillamente perfecto.

Ese universo fascinante ya anunciado en el piloto se expande hasta extremos difíciles de imaginar. De hecho, puede que sea ya en la tercera temporada cuando te preguntas “¿con una situación tan al límite como la de la muerte del químico Gale Boetticher (David Costabile), antes del frustrado asesinato de nuestro protagonista a quien pretendía sustituir, cómo pueden haber dos temporadas más?” Pero el caso es que las hay, y para nada lo veo todo innecesariamente alargado.

La cuarta temporada cuenta con tres episodios finales que son puro nervio, y aún resuenan en mis oídos la risa psicótica de Walter White y aún conservo en mi retina la imagen de Gus Fring con la mitad de su cráneo visible. Parece imposible igualar y mucho menos superar lo que ya he visto pero, una vez más, se hace. Los primera mitad de la quinta temporada sirve para ver cómo el protagonista cimenta inteligentemente un nuevo imperio de la droga liderado por él mismo junto a Pinkman y Mike, pero es en el octavo capítulo cuando asistimos al momento largamente esperado: el inicio del enfrentamiento entre Walter y Hank después de que el segundo se entere de las actividades criminales de su cuñado. La muerte del agente de la DEA me impacta más que muchas desgracias que ocurren en el mundo real (reconozco que es triste pero no puedo evitarlo).

Y finalmente, el creador de la serie, Vince Gilligan, consigue lo que parecía imposible, cerrar la historia sin defraudar las expectativas con un último episodio verdaderamente triste pero que resulta plenamente satisfactorio. Ahora comprendo que Oliver Stone no hizo nada más que poner en evidencia su baja forma artística actual al declarar sobre este final:

Es importantísimo el dato de que no haya visto el resto de la serie, ya que una escena como la de la metralleta, realmente inverosímil si se mira detenidamente, sólo puede ser perfectamente coherente en el contexto de la serie, lo cual puede que tenga incluso más mérito que haber mostrado una acción verosímil.

Sigo escuchando Baby Blue del grupo Badfingers, como tantas otras canciones que he descubierto gracias a la serie: Didnt I de Darondo, Catch Yer Own Train de The Silver Seas, Crystal Blue Persuasion de Tommy James & The Shondells… Y también me ha regalado algunas de las mejores actuaciones que han pasado por la televisión, no sólo la magnífica creación de Cranston, sino las de todos los demás intérpretes que participan. Visualmente tampoco hay nada dejado al azar, desde los colores permanentemente ligados a cada personaje hasta los constantes planos de puntos de vista que igualmente se pegan a una aspiradora automática como al cuerpo de Pinkman en plena levitación psicotrópica. Pero ya se ha terminado todo ello, y la depresión postcoitum es bastante notable pero se suaviza con el grato recuerdo que la serie me ha dejado.

Antes de empezar a ver Breaking Bad, un amigo me dijo “he visto esa serie tres veces y ya quiero volver a hacerlo una cuarta vez”. Inmediatamente yo pensé “espera un momento… los episodios de esa serie duran tres cuartos de hora cada uno, exceptuando el piloto y los dos últimos que duran alrededor de una hora, y tiene cinco temporadas de trece capítulos cada una, excepto la primera que tiene siete y la última que cuenta con dieciséis”. Medité durante unos segundos este problema matemático, tristemente apoyado por la imprescindible calculadora del móvil, y resolví que la serie duraba aproximadamente 47 horas y 15 minutos en total. Entonces le pregunté “¿cómo puedes haber gastado 141 horas y 45 minutos de tu vida viendo tres veces la misma serie cuando aún te quedan tantas películas buenísimas por ver?”. Una vez vista Breaking Bad, lo único que pienso y digo es “bueno, realmente es una serie extraordinaria”.

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POR: CARLES GÓMEZ

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