EN TORNO A LA FIGURA DE CARLOS BOYERO

Qué mejor momento que la actualidad para estudiar la figura de Carlos Boyero, después de la polémica que ha desatado el famoso crítico al haber destacado en su reseña sobre Star Wars: El despertar de la Fuerza el hecho de que haya “un personaje sin el menor interés al que interpreta horrorosamente un actor negro”. Esta anécdota más o menos interesante y muy sensacionalista nos da una excusa perfecta para analizar a esta “eminencia” de la prensa que ha llegado a convertirse en el crítico cinematográfico más influyente de nuestro país. 

Idolatrado por buena parte de sus lectores pero absolutamente demonizado por el resto de los aficionados al cine, y gran parte de sus profesionales, Boyero ha hecho el remarcable trabajo de acercar la crítica y el cine a cierto público al mismo tiempo que contribuía enormemente a vulgarizar el lenguaje de su oficio consolidando lo que su colega de profesión, Jordi Costa, ha llamado el “belenestabanismo” de la crítica.

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Antiguo colaborador de El Mundo y actual crítico de El País, Boyero escribe semanalmente textos que exponen sus impresiones subjetivas como espectador en forma de alegatos apasionados, declaraciones indiferentes o juicios implacables que rayan en el insulto. Pero lo que se encuentra siempre presente en sus escritos es su insobornable sentido del humor que no duda en mezclar un vocabulario extremadamente delicado con expresiones chabacanas que tachan las películas de “engendros” y a sus personajes de “abortos”.

¿Qué podemos decir de este estilo? Realmente nada puede reprocharse a la existencia de un crítico que no hace sino exponer su opinión sin poner en práctica planteamientos más “objetivos”. A fin de cuentas, la plantilla de El País se completa con otros dos colaboradores, el citado Costa y Javier Ocaña, que sí que encajan con un perfil más sobrio de la figura del crítico. Incluso el lenguaje utilizado en los artículos, que aun teniendo expresiones como las anteriormente mencionadas siempre están bien estructurados, no es sino un signo de identidad y una forma de acercar la crítica a una buena parte de los lectores completamente alejada de una jerga más analítica.

Afortunadamente, la exposición de gustos propios no tiene porqué ir reñida con la valoración de ciertas virtudes que a una persona en concreto pueden interesarle muy poco. Y si bien es cierto que el crítico que nos ocupa a veces es capaz de aparcar sus apreciaciones personales para ensalzar todo aquello que lo merece, como cuando dice de La red social (2010) que “es una película espléndidamente hecha sobre gente que a mí me repele profundamente y con la que espero no tener que tratar nunca en mi vida”, en la mayoría de las ocasiones resulta excesivamente rotundo en sus juicios y muy normalmente los dirige a un tipo de cine que indudablemente no está hecho para espectadores potenciales como él.

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No es ningún secreto que Boyero es completamente alérgico a la mayoría de las películas de arte y ensayo y al concepto de cine de autor. Y aunque no podemos quejarnos de la existencia de un crítico con gustos o afinidades que conectan con las de un público menos dado al cine más sesudo o “intelectual”, lo que sí que resulta imperdonable es la manera irresponsable en la que el crítico de El País maltrata esta clase de películas tildándolas de pretenciosas y vacías cuando suelen ser precisamente las propuestas más interesantes, o al menos más atrevidas y rompedoras, del panorama cinematográfico actual. Boyero tiene toda una serie de coletillas o frases recurrentes con las que despotrica de ciertos films con expresiones como “falsaria gilipollez” en El profesional (León) (1994), “coñazo importante” en El señor de los anillos: Las dos torres (2002), “pretenciosa gilipollez” en El club de la lucha (1999), “gilipollez importante” en La fuente de la vida, “modernez vacía” en Moulin Rouge (2001), “nadería pretenciosa” en Los límites del control (2009), “gilipollez pretenciosa” en Inland Empire (2006) y “celebérrima estupidez” en El bueno, el feo y el malo (1966).

Señalamos todo lo anterior porque en nuestra opinión es muy peligroso que los lectores crean algo como que Boyero es el único crítico que se atreve a decir la “verdad”, al reconocer que se aburre con cierto tipo de cine de “gafapastas”, cuando en lo que realmente está incurriendo es en una falta de sensibilidad artística intolerable para una persona de su profesión.

Sin embargo, este juicio acalorado puede ser hasta cierto punto innecesario teniendo en cuenta que lo que verdaderamente está haciendo Boyero es interpretar un papel. Un rol que consiste en la figura del crítico que no tiene pelos en la lengua y está siempre “solo ante el peligro”. De hecho, puede que incluso esté sobreactuándose últimamente llegando directamente a la parodia, como ha ocurrido en el último Festival de Cannes donde a propósito de la proyección de The sea of Trees, de Gus Van Sant, decía “juro que me divertí cantidad observando el pasmo, el desconsuelo, la ira y los abucheos de sus fans incondicionales al constatar avergonzados la traición de su ídolo”.

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En definitiva y como recapitulación de todo lo señalado en estas líneas, lo que creemos que es discutible no es tanto el trabajo de Carlos Boyero como la alta consideración que de él tienen algunos de sus lectores/seguidores. Aun corriendo el riesgo de parecer antidemocráticos, la garantía de una pluralidad de opiniones en la prensa debería tener en cuenta también los efectos dañinos que un discurso popular e ignorante pueden crear en la divulgación cultural.

POR: CARLES GÓMEZ

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