APOLOGÍA DE UNA SERIE DE CATASTRÓFICAS DESDICHAS DE LEMONY SNICKET

Ahora que un estreno tan esperado como El renacido de Alejandro González Iñárritu ya está triunfando críticamente en Estados Unidos, es un buen momento para recordar uno de los primeros grandes trabajos de una de sus dos estrellas. Y no estamos hablando del inabarcable Leonardo DiCaprio sino del director de fotografía de la película, Emmanuel Lubezki.

A diferencia de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, el anterior film de esta aún breve nueva sección de Apologías, la película que ahora pretendemos reivindicar no fue excesivamente criticada cuando se estrenó sino más bien lo contrario. La excepcionalidad del caso de Una serie de catastróficas desdichas de Lemony Snicket consiste en que  habiendo sido considerada desde un primer momento como un logro bastante notable en su campo, ha caído completamente en el olvido.

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Quizás la razón de esta imperdonable pérdida de memoria por parte del público haya sido su discreta trayectoria comercial y el devenir posterior de la carrera de los principales artífices de la cinta. No es ningún secreto que después de llegar a la cima de su arte en ese mismo 2004, tanto en su vena cómica con Una serie de… como con su cara más dramática con Eternal Sunshine of the Spotless Mind de Michel Gondry, Jim Carrey ha ido malgastando su talento en trabajos mayormente alimenticios. En cuanto a Brad Silberling, el director de la cinta que nos ocupa, solo cabe decir que su filmografía ha continuado con obras tan poco prestigiosas como Dame 10 razones (2006) y El mundo de los perdidos (2009). Antes de ambas decadencias profesionales, los dos se juntaron con un equipo artístico y técnico en estado de gracia para hacer la obra sobre la cual gira este artículo.

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Una serie de… se centra en los infortunios que deben soportar los hermanos Baudelaire (un apellido que es toda una declaración de intenciones sobre el tono del relato), a manos del Conde Olaf (Carrey), su tutor asignado después de la muerte de sus padres y perseguidor incansable de su herencia familiar. Cabe señalar también que el relato está narrado por el Lemony Snicket (Jude Law) del título, de quien solo vemos su silueta ennegrecida como si fuera el periodista Thompson de Ciudadano Kane (1941), que a su vez era el elemento unificador de los numerosos flashbacks que estructuraban la obra maestra de Orson Welles.

La película es ante todo un producto con un acabado formal absolutamente impecable, y no solo por la magnífica fotografía del citado Lubezki. Todos los departamentos (dirección artística, vestuario, música…) se alían en una perfecta comunión para ofrecer un cuento lleno de encanto e ingenio. Con una estética deliberadamente deudora del Tim Burton más inspirado que, de hecho, fue una opción muy seria para dirigir la película, obviamente con Johnny Depp como protagonista. Es curioso señalar esta anécdota ya que visto el film hoy en día la labor de Carrey parece insustituible. Su versatilidad alcanza el nivel del mejor Peter Sellers, encarnando tanto al Conde como a los personajes que él mismo interpreta en sus múltiples ocurrencias para conseguir la inmensa fortuna familiar.

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Es posible que se le pueda reprochar a la cinta algo que por otra parte es muy frecuente en películas destinadas a un público juvenil, como las sagas de Harry Potter (2001-2011) y Los juegos del hambre (2012-2015), y es el hecho de que los momentos con los actores adultos nos importen infinitamente más que todas las escenas con niños y adolescentes. Evidentemente, ni Emily Browning, ni Daniel Radcliffe, ni Jennifer Lawrence van a ser nunca tan interesantes como Meryl Streep, Gary Oldman y Julianne Moore. Aparte, también cabe mencionar el molesto aire didáctico que se encuentra casi siempre presente en el cine familiar.

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En cualquier caso, invitamos al espectador a revisar o a descubrir por primera vez este fantástico y lamentablemente olvidado contenedor de virtudes cinematográficas que es Una serie de catastróficas desdichas de Lemony Snicket.

Es necesario señalar que este fragmento fue improvisado por Carrey durante el rodaje, en una muestra clarísima de su innegable talento cómico.

Por: Carles Gómez

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