Whiplash: amor fou por el jazz

Las baquetas ensangrentadas de un joven músico reposan sobre el tambor, ensuciando la piel de éste. Se escucha la agitada respiración del músico y una voz imponente ordena con tranquilidad que limpien la sangre de la batería y que sigan tocando.

Ésta escena (una pequeña muestra de la energía que destila Whiplash en cada segundo de su metraje) parece borrar de un plumazo el que podría ser el debate argumental que plantea toda la película. Parece que Chazelle nos dice: “el genio no nace, se hace y punto, vamos a lo que importa”. Y el espectador lo agradece. En Whiplash sobran los discernimientos filosóficos, sobran los pensamientos profundos y análisis sobre la esencia humana. Todo es energía. Todo es intensidad.

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El jazz no admite de grises: hay quien sabe darle vida y hay quien lo mata. El papel que interpreta J.K Simmons lo sabe y ejerciendo de sargento de hierro de la música, lleva hasta los límites el esfuerzo por conseguir la excelencia de un joven baterista de familia bien (interpretado por un muy loable Miles Teller) que sueña con ser uno de los grandes.

La lucha que se establece entre alumno y profesor, tantas veces retratada, es en Whiplash un duelo de ambiciones y pasiones extremas. Y en este duelo se enmarca una relación de admiración/odio que no sólo es la parte fundamental de las motivaciones de los protagonistas, sino que marca el tono del film: incapaz de dejar que el espectador respire y reflexione sobre los límites de la enseñanza o sobre la incesante necesidad de la búsqueda de la fama.

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En su lugar, Chazelle ofrece lo que parece un solo de batería de hora y media. O mejor dicho, lo que se esconde detrás de él: la horas, las heridas, el sudor y las lágrimas que no se oyen cuando uno escucha un swing de doble tiempo.

Es difícil negar, no obstante, que su punto de partida y su desarrollo se basan en más de un tópico largamente explotado. Así como que la historia de “quién la sigue y la consigue” que intenta redimir la pasividad americana con ejemplos de sacrificio como el del film, tampoco parece ser su fuerte.

Es, también, complicado no ver el oportunismo de la propuesta “alternativa” para los Oscar de este año. Una edición que parece dedicada al sufrimiento del genio: Miles Teller y sus manos llenas de heridas de tanto tocar, Keaton y sus traumas en su “Birdman”, Cumberbatch y su matemático homosexual condenado por la historia, o Reddmayne y su Hawking enfermo pero luchador.

Pero no nos equivoquemos: Whiplash no esquiva sus defectos, decide golpearlos y enfrentarlos de cara. Y funciona, porque al poco estamos disfrutando de su magnífica ejecución como un niño en una feria. Pasmados por la química de Teller y Simmons, hipnotizados por un montaje vibrante y totalmente enamorados de su música. Una oda de amor (extremo) al arte. Al jazz, la música que se lo enseñó todo a Haruki Murakami.

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Lo mejor: ése concierto final, capaz de creer que se te va a salir el corazón por la boca.

Lo peor: que con el tiempo se recuerde sólo por el personaje de J. K. Simmons.

Por: @FrancescMiro

 

Un regalo, escuchen esto:

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