Magia a la luz de la luna

Incluso un incrédulo y escéptico como el Robert Young de “Milagros en venta” (Tod Browning, 1939) tenía un momento de flaqueza que le hacía dudar de su raciocinio en pos de lo que la ciencia (aún) no puede explicar. Él, en aquella película regular del gran Tod Browning (que jamás encontró mejor pareja artística que Lon Chaney, a años luz del pobre Young) tenía que desarmar un truco de magia si quería salvarle la vida a su amada. Y hasta que no lo conseguía no podía disfrutar de lo que el amor (eso que según Nolan es lo único que trasciende el tiempo y el espacio) podía ofrecerle. Como si una mente 100% lógica fuese incapaz de amar. Algo podría alegar a su favor Sherlock.

Pues como trasunto de Young, Colin Firth debe destapar la trama de una médium que, según parece, tiene un método tan perfecto de comunicarse con el más allá que parece real. Él, como paladín del ser humano racional (y encarnación de un personaje en el que hay más de Allen que de personaje) tendrá que destapar el engaño, para descubrir que siempre hay algo que se escapa a toda lógica.

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Al final, manteniendo exactamente los mismos perfiles de personajes de siempre, los mismo giros, el mismo ritmo y el mismo mensaje, lo que transmite de “Magia a la luz de la luna” es que Woody Allen hace películas sin importarle demasiado los baches de su carrera. Como si recorriese el mismo camino siempre con el mismo coche.

Pretender en un creador tan prolífico que cada una de sus películas sea mejor que la anterior o alcance a rozar lo memorable, es una ilusión como las que Firth hace con su público. Y acudir como fervoroso creyente cada año a la cita obligatoria en la sala de cine no está muy lejos de ser algo santurrón. Sabiendo cuál va a ser el sermón, y cuáles los pecadores.

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Así que, entendiendo su última película como un entretenimiento Allenesco más, es difícil negar el encanto del conjunto. Cierto es que hay en ella algunos muchos defectos, que se resumen en una especie de nube de dejadez que envuelve cada minuto del metraje. Pero no es menos cierto que el año que viene seguiremos yendo al cine a rezar por que el genio de Brooklyn nos de otro sermón. O nos engañe como un médium de tres al cuarto.

Lo mejor: Emma Stone. Y haber escrito la crítica sin decir aquello de “es un Woody Allen menor”.
Lo peor: es extraño que se note que le sobran minutos durando los 90 de toda la vida.

Por: @FrancescMiro

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