VII Festival La Cabina: la soledad cabe en un mediometraje

Se tiene prejuicios de todo. Por cada juicio existe un prejuicio que surge de su mismo significado. Así hay quién piensa que los cortometrajes o los mediometrajes son un género menor: que las grandes historias no caben en recipientes pequeños. Se cree, que en pocos minutos (de 0 a 29 para los cortos y de 30 a 60 para los mediometrajes) no se puede narrar todo lo que podría un largometraje como Dios manda. Olvida fácilmente que el cine comenzó como un experimento cuyas primeras pruebas fueron lo que hoy entendemos por cortos. Y que antes de los largos, el mediometraje tuvo un intenso noviazgo con un público que aún no estaba del todo familiarizado con estar sentado en una sala oscura más de una hora.

El VII Festival de Mediometrajes La Cabina nos ofrece grandes experiencias en pocos minutos. Y algunas gratas sorpresas llenas de imaginación y originalidad. Es el caso de “Hastío” una comedia absurda de Gabriel Abrantes que habla de la incapacidad de comunicación y empatía de los seres humanos, con una historia de lo más descabellada.

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En un campo en mitad de unas montañas perdidas de Afganistán, la embajadora francesa negocia con un nómada kuchi un desarme. Mientras, la hija del nómada, una princesa, es el objetivo de un aspirante a señor de la guerra que tiene que consumar su ascenso con el secuestro de una joven. Sobre ellos vuela una Dron de combate con inteligencia artificial que se considera hija del mismo Obama.

El juego de lo descabellado, la omnipresencia del sexo en las relaciones humanas y la soledad intrínseca son los dados con los que Abrantes hace su apuesta. Resulta tan estimulante la fórmula, que varias de sus escenas cumbre resuenan en la memoria del espectador durante tiempo (ese arranque con un Obama fan de Rihanna) Su atrevimiento y su descarada apuesta por la incongruencia provoca la sonrisa en situaciones potencialmente dramáticas. Una obra de lo más destacable de esta edición de “La Cabina” por su sincera originalidad capaz de reflexionar con humor sobre un tema tan solemne como la necesidad de amar y sentirse amado.

“Magma”, comparte con “Hastío” la reflexión sobre la incapacidad de comunicación: un hombre trabaja en una tienda de muebles de la que es un vendedor estrella. A punto de aceptar un ascenso, empieza a sufrir una ansiedad de la que es incapaz de hablar. Porque no la comprende, porque no sabe su origen ni su significado.

A022_C077_02290FBastante bien cuadrada, el ritmo de “Magma” decae en su último tramo: una vez entiendes la soledad de Janusz (así se llama el vendedor) el mensaje se subraya en demasía, insertando planos larguísimos que estiran el chicle de un guión con poco que decir. A pesar de todo, es cierto que su impoluta puesta en escena refleja con atino el desorden afectivo y que Lukasz Simlat aguanta los vacíos del mediometraje con aplomo y fuerza. Bien merece algún premio de interpretación del Palmarés de esta edición, que ya veremos.

También se encuentran solos los personajes de la sorprendente “La tierra sobre el viento”, otra comedia que coquetea (de manera bastante más negra) con la comedia absurda: varios personajes de una población rural sufren conflictos emotivos: una pareja recién divorciada es incapaz de solucionar sus conflictos, unos adultos se comportan como niños, unos jóvenes intentan sentir emociones que desconocen…

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Con un juego de fotografía y un ritmo que ciertamente recuerda a los inicios del Wes Anderson de Life Aquatic, y con aquella inversión de roles adulto-niño + niño-adulto que tan bien les funcionaban al tejano, Joern Utliken crea algo muy particular. La paleta cromática de su particular mundo (chillona y fluorescente) es inversa a la nula capacidad de comunicación de los personajes que lo pueblan. Una comedia incómoda de aquellas que, si bien no hacen reír demasiado, tienen a bien crear situaciones que pongan incómodo al espectador. Desafiándolo para que se sienta tan incómodo como se sienten en su piel los protagonistas del mediometraje noruego.

LA TIERRA SOBRE EL VIENTO_1

Para terminar de entender “La tierra sobre el viento”, los chicos de La Cabina hablaron con su director. Aquí la entrevista:

A veces, los mejores mensajes, los más profundos, los que llegan de verdad, son solo una frase en un largo poema. Son un proverbio, un aforismo, un mensaje en una botella perdida entre un mar de palabras. A veces, un recipiente pequeño puede albergar las mayores reflexiones. A veces un mediometraje puede ser una reflexión de calado sobre la soledad del ser humano.

 

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