A propósito de “The Congress”

EL_CONGRESO_01©Bridgit_Folman_Film_Gang_hiEl mismo baile

Hace ya tiempo que descubrí “The Congress” (casi un año en el pasado Sitges). Pero lo que ha tardado en estrenarse el film ha sido, casi, lo que he tardado en asimilarla y tener el valor de volverla a ver. Callándome el hecho de que tenia miedo de que no me gustase tanto. Y es que la última película de Ari Folman, despertó en mí un entusiasmo confuso que escondía la admiración por tan magna declaración de intenciones y a su vez, la verguenza por la incomprensión de sus mensajes menos visibles. Ahora, se descubre como una de aquellas grandes obras de ciencia ficción de los escritores que cuando era jóven leía sin saber muy bién qué significaban, y sin poder parar de leer.

 

Cuando Philip K. Dick publicó en los sesenta “Ubik”, muchos le acusaron de escribir por escribir. De no saber lo que decían sus páginas por estar llenas de sin sentidos, giros, alucinaciones y despropósitos. Elementos que, al controlar, le harían alguien respetado a mediados de los setenta.

La historia de siempre: lo que no sigue los patrones del arte pasa a ser enemigo del arte en un determinado momento. Y con el tiempo, puede que ése enemigo, se acepte como algo visionario que los contemporáneos del artista no supieron entender.

Alguien que sí entendió y defendió a Dick, fue Stanislaw Lem, compañero de oficio de Dick, y autor de “El congreso de futurología” obra en la que se basa libremente “The Congress”, de Ari Folman.

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En su artículo “Philip K. Dick, un visionario entre charlatanes”[1] Lem defendió que «tal es la desesperante situación que reina en la actual ciencia ficción norteamericana, que es un entorno de creatividad de rebaño. Y éste carácter de piara se manifiesta en el hecho de que libros escritos por diferentes autores se convierten, por decirlo así, en diferentes partidas del mismo juego, o en repeticiones del mismo baile». Algo de lo que Dick escapaba sin proponérselo.

El mismo baile. Una y otra vez, como la bailarina de la caja de música más anodina. Rodando siempre sobre el mismo eje y al son de una eterna e inalterable melodía. Echemos un vistazo a la ciencia-ficción de la última década. ¿Estamos asistiendo a tal repetición? Apenas algunas propuestas como el Black Mirror de Charlie Brooker, el Her de Jonze o Las posibles vidas de Mr. Nobody (y ésta última menos) han huido de utilizar la ciencia-ficción como vehículo de lucimiento de unos efectos especiales vástagos de Origen o Avatar o de la cámara imposible de Cuarón.

Es más, es curioso que las propuestas más estimulantes del género llegasen de la mano de la animación (Mind Game, Tekkon kinkreet, Paprika, o lo mejor de los Mamoru Hosoda y Oshii). También lo es ésta sea la parte más creativa y difícil de la nueva película de Ari Folman, dividida en tres actos, el mayor de ellos realizado con una animación de inventiva ilimitada.

El mismo baile parece seguir “The Congress” que esconde en su forzados movimientos, el ánimo de desafío que en su momento fue “Ubik” o en el suyo “El congreso de futurología”. Pero en lugar de hablar sobre la vida después de la muerte sobre la que vira la de Dick, o en la naturaleza incomprensible de las acciones humanas del original de Stanislaw Lem, Ari Folman opta por mirar al espectador y hablarle de su cine contemporáneo.

En la novela “Ubik”, éste es el nombre de una sustancia capaz de salvar a los protagonistas de una pesadillesca realidad en la que se encuentran atrapados entre la vida y la muerte. En “El congreso de futurología”, un congreso de científicos dispuestos a salvar el mundo, es atacado por unos manifestantes, que  son rociados con toda suerte de gases alucinógenos. Y si: sumen el relato en una fiesta de paranoias y situaciones extravagantes llenas de sin sentido y crítica. ¿Qué hay de todo esto en The Congress? Mucho.

Las lágrimas de Robin Wright

Se abre el telón de esta fantasía alucinada y lo primero que nos golpea, es la realidad. Un primer plano de una bella Robin Wright, incapaz de retener las lágrimas. La áspera voz de Harvey Keitel que le narra como se convirtio en agente de estrellas. Que le cuenta como, gracias a su habilidad, supo aprovecharse de la debilidad de su actriz estrella.

Ella llora. Porque ha aceptado que los estudios “Miramount” escaneen su figura y sus rasgos para utilizar su imagen a su antojo el resto de su vida. En las pantallas, en los cines, ya nunca se verá su actuación, sino la de su recreación virtual. Una que ella misma aceptó, vendiéndo su alma de actriz como Fausto. Pero, igual que en aquellas novelas que mencionábamos, este es solo el punto de partida.

Con esta excusa, el director de “Vals con Bashir” se atreve a entrar en el juego de la sátira que tan bién se le daba a Lem. De golpe, saltará veinte años, para zambullirnos en un mundo animado tan lejos de la realidad, que se acerca mucho a las mejores idas y venidas de los grandes autores de ciencia-ficción. Veinte años después de vender su imagen, Robin Wright es invitada a un congreso en el que todo estallará. Pervirtiendo el relato original, y sin embargo consiguiendo exactamente que aquella: que dentro de sus múltiples mensajes sátiricos y alucinados, se escondiera la búsqueda infinita de las respuestas a las grandes preguntas.

De la mano de Wright asistimos a la sátira de un líder tecnológico de nombre semejante a del difunto amo supremo de Apple. Y pronto, su camino la lleva a enfrentarse a una policía de los derechos de imagen semejante a la policía del pensamiento orwelliana. Y sin descanso, como poseído por los fantasmas que perseguían a Dick, Folman es capaz de sumirnos en la íntima búsqueda de alguien que no sabe bien quién es en una época en la que nadie es nada. O enfrentarnos a la disyuntiva kantiana de aceptar la verdad y volver a las profundidades de la caverna si de ello depende nuestra vida. O la de nuestro hijo.

Irregular hasta el mismo ADN, “The Congress” es un desafío constante, como lo eran las obras de Dick, de quién Lem, afirmaba: «no proporciona una vida cómoda a sus críticos ya que no adopta el papel de guía y da la impresión de haberse perdido en su propio laberinto».

Ari Folman, como Dick, como Lem, no le pone las cosas fáciles a sus críticos. Y tan sólo por incomodar, por estar tan colmada de ideas y resultar tan barroca y sin sentido como sus antecedentes, resulta conmovedora. Aunque al final, en otra carambola, no sea más que una historia de amor. O sea demasiadas cosas más que una historia de amor. Poco importa si te deja con la boca abierta, o el cerebro moviéndose a ritmo de centrifugadora. Un esfuerzo que es en sí mismo, derrota y victoria para el cine contemporáneo.

 

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«Sí, es cierto que a veces sus obras no alcanzan el objetivo deseado; pero yo sigo bajo su hechizo, como suele ocurrir al ver los esfuerzos de una imaginación solitaria lidiando con una avasalladora superabundancia de oportunidades; esfuerzos en los cuales hasta una derrota parcial puede parecer una victoria».
Stanislaw Lem sobre Phillip K. Dick.

[1] “Philip K. Dick, un visionario entre charlatanes” El Péndulo nº15. Mayo 1987: Buenos Aires
 
Por: @FrancescMiro
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