Odio la lluvia

Tengo la sensación de que la conozco. Me mira, primero contrariada. Luego sonríe. Pero no dice nada. Mierda, la conozco seguro, pero no sé de qué. Dios mío, es preciosa. Supongo que espera el autobús. Yo no espero el autobús, estoy aquí para refugiarme de la lluvia. Odio la lluvia. Sé que a muchos les gusta. Ya sabéis, se ponen melodramáticos y empiezan a pensar en la vida, la melancolía y a mirar por la ventana en silencio y demás chorradas. A mí no me pasa. Odio la lluvia.

Una gota cae de la cristalera cutre que, se supone, me tiene a resguardo de la absurda tormenta que cae a un metro de mí. Supongo que la habrá empujado la lluvia. Y va a parar a mi cuello. De repente me congelo durante algo más de un segundo y luego un escalofrío recorre mi cuerpo desde los pies hasta el último pelo de mi cabello desgarbado. Debo tener una pinta horrible. He dormido mal y lejos de mi casa. A veces creo que no entiendo cómo va la vida, cómo funciona todo, y entonces envío whatsapps absurdos a gente con la que puedo beber y hablar de temas banales. Y olvidarme de que pienso demasiado.

Supongo que eso es lo que me pasó anoche.

Observo el suicidio de las miles de gotas de lluvia estrellarse contra la acera, la cañería tragar un torrente de agua que la desborda. Intento recordar qué hice anoche. Un martilleo insistente golpea la parte trasera de mi cerebro. Esto no debe ser sano. Mierda, me estoy poniendo de mal humor. ¿Por qué habré discutido con Laura, justo hoy, que llueve de la hostia?

Oigo como un jadeo a medio camino entre la risa y el cansancio.

Me giro, es ella. Me está mirando. La estoy mirando. Esos ojos me dicen algo. ¿Le digo algo yo? Me conoce. La conozco.

Expira fuerte por la nariz y realiza el movimiento del “no” con el cuello mientras baja la vista hasta su bolso. ¿Qué significa todo esto? Claro, el problema es que no sé quién es. Y ella sí sabe quién soy.

Debería sentarme. Me duele todo. He dormido escasas horas. Estoy para el arrastre. Voy a sentarme. No, sería ridículo: implicaría estar más cerca de ella. Y ella podría entender que intento entablar conversación. Que intento disculparme por no haberla reconocido antes.

Pero es que no consigo recordar quién es. Debería acordarme: es preciosa. Joder, es bastante mayor que yo. Bastante, bastante. Debería acordarme. No conozco a muchas mujeres así. No llegará a los 30, seguro. Pero yo no llego a los 20, así que…

No conozco a ninguna mujer de su edad. No debería llamarla mujer, no sé si está en la edad de que la llamen mujer. No, creo que no. Yo que sé. Me giro dispuesto a decirle…

─ No te acuerdas de mí, ¿eh? – me espeta.

Me deja mudo. No pienso bien cuando estoy de resaca.

Ella sonríe cínicamente.

─ Anoche parecías más simpático – dice, con desgana. Como si no importara nada.

Bofetada mental. ¿Qué hice anoche?

─ L…looo..lo siento… ehh…- balbuceo.

─ Cuesta pensar en mañanas como esta. ¿Eh?

─ Sss..si… supongo que anoche bebí demasiado.

─ A mi no me lo parecía, estabas muy simpático – dice. Se gira, me mira y sonríe.

Parece que las gotas de lluvia caigan más despacio. Parece que salga el sol. Un instante. A penas un rayo fugaz.

Parece.

Oigo el estruendo del motor de un autobús frenando. Me giro y veo como se abren las puertas. Sigue lloviendo a mares. El conductor hace un gesto para que subamos rápido. Pero yo no espero ningún autobús. Ella se levanta y da un paso. Vacila un instante. No es por mí, es por la lluvia. Con dos zancadas supera el río de agua y sube al autobús.

Las puertas del vehículo se cierran a su espalda. El motor ruge y ella se vuelve. Me mira, dibuja una sonrisa ladeada y vuelve a decirme “no” con un giro suave y lento, casi imperceptible. Sin mover el cuello.

El autobús arranca y se la lleva. Algo me duele en el pecho de repente.

Y me siento. Saco el móvil.

«No te lo vas a creer», le escribo a Juan. «Acabo de coincidir en el bus con una tía que conocí anoche». «¿Qué dices tío?», contesta. «¡¡Si tío!! se ve que la conocí ayer» respiro. «¿¿Dónde coño fuimos??» y cuatro mierda de emoticonos supuestamente graciosos. «¿Joder, no te acuerdas de nada eh?», responde. Me pone nervioso el puto whatsapp, ¿no te acabo de decir que no? «No tío, xD». «Anoche no salimos xD» contesta.

Un pinchazo agudo. Frío.

«¿Queeeeee?». «Que no tío. Anoche no pudiste conocer a nadie. Nos emborrachamos los cuatro en el piso de Laura. Tú te pusiste muy pedo. Y te llevamos a la habitación de Raúl». «Va, joder, no me jodas», algún emoticono de enfado. «Te estoy diciendo la verdad. Pregúntaselo a Laura. Por cierto, habéis arreglado lo de anoche? xD».

Me guardo el móvil. Dejo caer la cabeza hasta golpearme con el cristal de mi espalda. Está frío. Sigue lloviendo. A veces no entiendo cómo va la vida. No sé cómo funciona todo. Nada.

Odio la lluvia.

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