Peaky Blinders

Estamos en Birmingham en 1919. Una niña china corre espantada para recoger polvo de cayena, tal vez un preparado a base de Bignonia Roja. Polvos con los que su familia tiñe la ropa de rojo. Pero también con los que ella sabe realizar un hechizo de buena suerte. Un caballo cruza un barrio obrero. La gente se aparta y se esconde ante su sombra. Antes sus pisadas. Montado en él: Tommy Shelby (Cillian Murphy), un Peaky Blinder.

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La niña aparece y se posa delante del caballo. Tommy la mira con altanería. Ella pronuncia sus palabras y sopla la cayena sobre el hocico del caballo. El hechizo le dará buena suerte en la carrera que correrá la mañana siguiente. Y todo el barrio lo ha visto. Así que todo el barrio apostará por él. Y Tommy lo sabe.

Él controla las apuestas.

Así arranca Peaky Blinders. Pero aún queda mucho que contar. “Peaky Blinders” es la serie británica producida por la BBC que causó uno de los mayores impactos críticos de la pasada temporada. Una serie que muchos (empeñados en etiquetas) han calificado como la Broadwalk Empire británica. Alejémonos de esta comparación, por fácil y por vacua.

Porque seguimos en el Birmingham 1919. Thomas Shelby, interpretado por un cada vez mejor Cillian Murphy, ha vuelto de luchar en la Primera Guerra Mundial y se propone tomar las riendas de su clan, los Shelby, para progresar en el negocio familiar: las apuestas en las carreras de caballos. Unas carreras que cada vez tienen mayor impacto económico debido a la necesidad popular de huir de la realidad de la Posguerra, o de encontrar dinero fácil con el que alimentar una población cada vez más pobre.

Hace sólo un año que ha terminado la gran contienda internacional pero el Ministerio de Armamento británico, en manos de un joven Winston Churchill,  se enfrenta a una contienda dentro de sus propias fronteras: la guerra de independencia irlandesa. En ella, el IRA (Irish Republican Army) toma cada vez más posiciones. Un cargamento de armas podría hacer mucho daño al ejército inglés. Un cargamento perdido en los aledaños de Birmingham. El mismo Brimingham controlado por los Shelby. Un cargamento que el inspector Campbell (interpretado por  Sam Neill) tendrá que recuperar, cueste lo que cueste.

Peaky Blinders Sargento

Muchos son los ingredientes mezclados en la receta de la que surge “Peaky Blinders”: historia, conflictos políticos, traumas militares, apuestas amañadas, mafia y años veinte. Tal cantidad de contrapuntos de sabor hacía necesaria una buena producción, una buena historia y buenos personajes. Pero eso ya lo hemos visto antes. ¿Qué hace diferente a Peaky Blinders?

La batalla entre forma y fondo que juega la historia creada por Steven Knight (el guionista de aquella perla negra llamada “Promesas del este”).

Ante un fondo cuya fuerza y complejidad iniciales (magistrales sus dos primeros episodios, dirigidos por Otto Bathurst. Sí, el de comentadísimo piloto de Black Mirror) mecanizado a partir del meridiano de la serie, surge una forma particular.

Desde la fotografía a la cuidadísima ambientación: la tremenda puesta en escena de Peaky Blinders entra en la retina del espectador cómo muy pocas series lo hacen: imponente,  sucia y brillante, abusiva y delicada.

Peaky Blinders

Y muy atractiva debido a su aspecto moderno a base de la inteligente utilización del slowmotion (memorable apertura del segundo episodio), y a su juego de contrastes de color vivo y matices grises de amplia gama de barros y suciedad de la Birmingham obrera de los años 20. Ni que decir de su BSO que nos utiliza el juego anacrónico de la guitarra de los White Stripes, a la voz (siempre atemporal) de Nick Cave.

¿Significa esto que estamos ante un producto de bonito envoltorio y vacío contenido?

Nada más lejos de la realidad. Toda serie, por mucho que conste de veinte o de seis capítulos, tienes sus más y sus menos. Se achaca pues un cierto tedio y cierta “previsionabilidad” a la serie pasado el tercer capítulo que termina con un final típico en su quinto capítulo. Se trata de un efecto extraño relacionado con el hecho de que la impresión causada por su piloto y la presencia de sus personajes, se torna cotidiana entrados en el nudo argumental. Y eso, sin olivdar, que su historia guarda más de un as en la manga, como su último capítulo. Y su tremendo final.

Ése fundido a negro.

pocc81ster-3.jpg w=1512&h=782Por: @FrancescMiro

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