Desempleado

Julián se acababa de quedar en el paro. No es un hecho novedoso, hoy en día mucha gente pierde su trabajo. Pero, para él, suponía algo mucho más duro. Su mujer se fue de casa, con la niña, no quería vivir con un fracasado. Ella no es que tuviera el mejor trabajo del mundo, era profesora sustituta, pero consideraba que si su marido no aportaba nada en casa, ¿para qué lo quería? Él no le reprochó nada cuando se fue, de hecho, no fue capaz de decirle nada, ni si quiera un “¿cuándo podré ver a nuestra hija?”.

Estaba desolado. La perspectiva de madrugar un lunes para ir a la cola del paro es un horror para cualquier persona, pero para él, era sólo una putada más. Veinte años en la empresa, lamiendo culos, trabajando hasta el último aliento día tras día, para nada. Podría ser peor, al menos tengo salud, pensó. Qué tonto era, un manido estereotipo de esperanza.

Era tan pronto que ni la niebla se había disipado completamente. Esperaba la llegada del autobús, sin ganas. A su alrededor, gente de todas las edades: jóvenes que iban a estudiar, adultos que iban a trabajar, ancianos que irían al centro de salud a hacerse alguna prueba rutinaria o a pedir más pastillas para automedicarse. Y, una vez dentro,más de lo mismo.Se consoló pensandoque ninguna cara era radiante. Todos tenían la típica cara de lunes. Rostros taciturnos. Podía imaginar que un par de ellos no se habían recuperado de la resaca con la que se levantaron el día anterior, otros simplemente estaban frustados por dejar atrás el fin de semana.

El autobús tardó unos veinte minutos en llegar al centro de la ciudad. Cuando bajó, se sumó a la cola que ya esperaba ante la puerta del INEM. Esperó una hora a que abrieran y media hora a entrar. Le atendió una señora mayor, tan mayor que bien podría haber vivido la caída del Imperio Romano.

-Buenos días, señor Pérez, ¿en qué puedo ayudarle?

-¿A ti qué te parece, pérfida mujer?-pensó y le dio el papel del despido.

-Vaya, acaba de ser despedido, lo siento mucho- dijo mientras se ponía a teclear.

-Lo siente… Sí, claro. ¿Eso le dice a todos no? Se burla de nosotros, desde su puesto de funcionaria, viendo cada día gente que pierde su trabajo, que pierde su vida…

-Usted no se preocupe, periódicamente le informaremos de ofertas de empleo que se adecúen a su perfil laboral. Que tenga un buen día- le dio una serie de papeles y pulsó el botón para que un nuevo parado se sentara ante ella.

Abandonó el lugar aún más desolado, por imposible que pareciera. Quizás no fuera consciente de la magnitud de su problema o quizás ese momento fue el que le transportó definitivamente a la realidad. Echó un vistazo al cielo, el sol apenas lucía. Era un día frío y gris, un reflejo de su ser.

Ante la perspectiva de volver a casa, solo, donde no tendría nada que hacer, decidió que lo mejor sería darse una vuelta por la ciudad y echar unos currículums que llevaba impresos en su mochila.

Aunque, obviamente, eso no ayudó en nada. A cualquier sitio que iba le decían prácticamente lo mismo: “Vaya, un Doctorado, veinte años trabajados, es un currículum impecable… Pero buscamos gente joven, lo sentimos mucho”. Claro, gente joven, es comprensible, quién iba a querer a un hombre de cuarenta y cinco años; total, ya estoy al borde de la jubilación, no me queda nada por vivir…, pensó irónicamente.

Mediodía. Seguía siendo pronto para que un hombre sin nada en la vida fuera a casa. La única solución que vio al problema era bien simple: ir a un bar y gastar su finiquito en toda la cerveza que pudiera beber. Ni si quiera quería comer, sólo beber. Entró al bar y dio una orden bien clara al camarero: “Sírvame la cerveza más barata que tenga, que siempre tenga una botella en la mano y si me sobra dinero, será todo para usted, una propinilla por ayudarme a ahogar mis penas”. El camarero no iba a poner ninguna pega, si aquel hombre pillaba un coma etílico lo dejaría en la calle, cerca del bar de la calle de atrás y llamaría al teléfono de emergencias de forma anónima, todo lo que pudiera ganar aquella tarde iba a ser bienvenido.

Los botellines de cerveza rodearon a Julián, pero no desfallecía, bebía y bebía, pero nunca caía, ante el asombro del camarero que veía como poco a poco su propina se esfumaba, aunque iba a ganar dinero de todas formas. Su asombro aún creció más cuando Julián se levantó y, sin mediar palabra, sacó un fajo de billetes de su abrigo y lo dejó en la barra sin contar el dinero que allí había y se marchó.

Se acercó a la parada del autobús tambaleando, era imposible que enlazara dos pasos rectos seguidos. Normalmente pillaba el número 77 para volver a casa, pero quería caminar un poco, así que pilló el 64 que le dejaba a un kilómetro de casa. En silencio se encaminó hacia el final del autobús y se sentó en la última fila de asientos, algo encorbado, pero con la mirada fija al frente.

callejon_misteriosoEl trayecto le pasó muy rápido. Bajó, ya a las afueras de la ciudad, y emprendió, con lento caminar, su marcha hacia casa. Caminaba un poco mejor, aunque seguía sin caminar muy recto. El frío se le calaba en los huesos, pero no era consciente del todo. De repente, a su espalda, oyó una voz:

-Oye, amigo, ¿no tendrás suelto encima? Necesito pillar un taxi, estoy lejos de casa.

Sin girarse ni detenerse, dio su respuesta:

-No, búscate la vida, como hacemos todos.

-No seas así, anda, sólo un poco, joder.

Esta vez, Julián no respondió, pero sí pudo oír como los pasos de aquella voz se acercaban más rápido de lo que el caminaba. Cuando los tuvo cerca, una mano le agarró el brazo.

-Venga, enróllate y dame algo de pasta.

-¡Te he dicho que no tengo nada!- Gritó. Y al mismo tiempo que su voz gritaba, levantó el brazo para darle un puñetazo a aquella voz para hacerla callar. Y al mismo tiempo que le dio el puñetazo, una lágrima brotó de sus ojos.

Golpeó varias veces, cuanto más golpeaba, más lloraba. Lloraba de rabia. Lloraba de tristeza. Lloraba de impotencia. La voz no se calló, pero pasó de pedir dinero a pedir axulio y, a medida que recibía más golpes, la petición de auxilio se transformó en aullidos de dolor.

De pronto, la voz cayó al suelo. Ahora era un cuerpo, con voz. El cuerpo se movía arrastrándose, la voz seguía aullando. Mientras, Julián lloraba. No sabía nada del cuerpo. Podía ser hombre o mujer. Blanco o negro. Bien podía ser un cuerpo gordo, o delgado. ¿Era rubio o moreno? No era consciente de ello, sólo sabía una cosa: el cuerpo tenía una cabeza. Julián agarró la cabeza del cuerpo y la llevó hasta el bordillo de la acera, donde la golpeó hasta que la voz no habló, hasta que el cuerpo no respiró. En ese preciso instante, Julián dejó de llorar.

Por: @Rubensebas

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