Revolucionario

“Los opulentos políticos de nuestra época nunca saben cuándo decir “basta”. Son víboras, sin escrúpulos. No, no son víboras, son sanguijuelas. Lo chupan  todo hasta acabar con la vitalidad de todo lo que pillan por delante. Siempre quieren más, nunca están saciados. Poder y dinero. Dinero y poder. Acaparan lo uno. Acaparan lo otro. Pero nunca, nunca, lo uno sin lo otro. Asco.”

“A 42 personas les gusta esto”.

Mira orgulloso la pantalla de su teléfono móvil, orgulloso de su pequeño estado en Facebook, mientras suben los “Me gusta”. Se cree todo un revolucionario por escribir tales palabras en su estado de Facebook, pero apenas destaca en la manifestación convocada frente a la sede del gobierno.

Allí, ajenos al clamor popular que recorre las calles, un gobierno cualquiera se reúne con la firme intención de eliminar por completo la escolarización pública. No todos valen para estudiar.

La manifestación se concentra frente a la misma puerta de la sede, frente a ellos centenares de policías rodean la sede y, otros miles rodean a los manifestantes en una especie de doble cerco. No quieren que se les escape de las manos. Todo está tranquilo, muy tranquilo, demasiado tranquilo. Demasiado tranquilo para un pueblo que echa pestes en Facebook.

Las puertas se abren, el público ruge originales consignas e insultos varios. El presidente sale, con la cabeza bien alta, ve a la multitud y tiene la sangre fría de sonreír, triunfante. Pero la sonrisa se apaga de repente cuando una piedra le golpea en la sien y cae redondo al suelo. “El típico violento” rezarán algunos al día siguiente.

Los policías se colocan bien el casco y sacan las porras a relucir. La cosa se va a poner fea en cualquier momento. Él mira su móvil, entra en la aplicación de Twitter y lee que se llevan al presidente, inconsciente, de nuevo al interior.

Por su cabeza pasan varios pensamientos, pero se entremezclan, no hay claridad, hay miedo. Es consciente de que salir de allí ileso es imposible, la policía ha empezado a cargar, por ambos lados, contra los manifestantes que encabezaban la marcha y contra los que la finalizaban. Él está en medio, trata de consolarse pensando que la policía se cansará pronto de repartir golpes y no llegará hasta dónde está él.

Han agredido al presidente– piensa- no van a parar de golpear. Lo mejor será intentar escapar, me llevaré algún que otro golpe, pero si escapo no vendrán detrás de mí.

La multitud está cada vez más apretada a causa del retroceso de todos los manifestantes ante el ataque policial. Empieza a avanzar, apartando a la gente hacia uno y otro lado. Poco a poco se acerca a la zona donde los manifestantes reciben porrazos. Los golpes sordos de los porrazos silencian los gritos. Ya puede ver a la gente tirada en el suelo, en estado fetal, bien heridos o bien siéndolo gracias a la atenta labor de las fuerzas de orden público.

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Siente rabia, pero también impotencia. Querría responder a los ataques policiales, pero sabe que lo más sensato es intentar huir. Cuando se siente un poco más libre, sin empujones de la multitud, decide arrancar a correr. Con un quiebro se libra del policía que tiene delante y se ve por fin libre. Gira rápidamente la cabeza para comprobar que es libre por fin, para ver cómo la policía se queda atrás. Pero lo único que ve es un objeto alargado que se acerca rápidamente a su cabeza noqueándolo.

Cesan los golpes, cesan los gritos, cesan las imágenes. Silencio y oscuridad.

No. Joder, no puedo caer. No aquí. Estaba tan cerca… Levántate, vamos, abre los ojos y levántate, si lo haces eres libre.

Otra voz, igual, pero distinta a la suya surge en su cabeza.

No. No vas a huir. Vas a enfrentarte a tus miedos. Eres rápido, ágil. Esos policías se creen muy valientes porque pegan a gente indefensa, que no les ataca. Eso tienes que hacer, atacar, demuéstrales lo que somos capaces de hacer con un objetivo. Demuéstrales que están equivocados por acatar las órdenes de los gobernantes en vez de ayudarnos, de ayudarse a ellos mismo. Hazlo, levántate y lucha, hasta que tu cuerpo desfallezca.

El silencio y la oscuridad desaparecen, no de golpe, sino gradualmente. Empieza a oír, primero los gritos más fuertes, y a ver imágenes difusas. Pero no necesita nada más para saber que ya ha recuperado la conciencia. Se incorpora lentamente, está a unos cinco metros de la cadena de policías. A su alrededor, figuras inertes que sollozan, algunas manchas de sangre en el suelo.

Su cabeza realiza un giro brusco, buscando algo. Un dolor punzante surge detrás de la oreja, casi en la nuca. Se toca y percibe como la mano se mancha de sangre. No necesita verse la mano para saberlo. Otro giro y encuentra lo que busca. Un palo de escoba, roto, que había servido para llevar una pancarta subversiva. Se acerca a él y lo coge. Lo empuña con rabia, con odio y con mucha fuerza.

Observa. Los policías van bien protegidos, los cascos llevan protectores en la nuca, el resto del cuerpo está perfectamente cubierto, sólo quedan al aire los cuellos, pero de forma muy ligera. Analiza fríamente la situación.

Con tantas protecciones no puedo hacerles nada. Debo ser rápido, debo ser eficaz. El único punto débil es el cuello, pero apenas lo tienen descubierto. Enfréntate a ellos de uno en uno, nunca intentes hacerlo contra dos o estás perdido, no eres un puto héroe de acción.

La manifestación se había dispersado ligeramente, ahora los manifestantes corrían, si podían hacerlo, huyendo de la policía, que los perseguía cual perro de caza a su presa. Delante de la sede quedaban cerca de 50 manifestantes, rodeados por 10, puede que 12 policías que se cebaban con ellos con saña, pero ellos no reaccionaban, necesitaban ayuda. Ese era su objetivo.

Se acercó rápidamente, pero de forma sigilosa. El policía más cercano estaba algo alejado del resto, era perfecto para empezar y ganar confianza. Se situó detrás del policía. Estaba tan obcecado golpeando a una joven que ni se dio cuenta de que había alguien a su espalda.

Con su pie derecho golpeó veloz y fuertemente los gemelos de la pierna izquierda del policía y, sin darle tiempo a desequilibrarse, también golpeó la derecha. El policía se tambaleó hasta que dio con las rodillas en el suelo, completamente desorientado y confuso por su actual situación. El policía intentó girarse para descubrir quién era su agresor, pero no pudo girarse porque un palo de escoba empezó a asfixiar su cuello. Intentó pelear contra su agresor, pero le había puesto el pie en la nuca mientras le asfixiaba. La porra se balanceaba pero no encotraba a su objetivo. Poco a poco el policía perdió la ferocidad con la que intentaba escapar, la porra se le escurrió de los dedos y quedó inconsciente, cual marioneta.

Uno menos. Veamos, dos policías más a mi derecha, a cincuenta metros, no parecen haberse dado cuenta de que este ha caído. Tengo una idea.

Cogió el cuerpo del policía y lo arrastró hasta el callejón más cercano, alejado de miradas ajenas. Sin mucho reparo y de forma descuidada le quitó el casco y las protecciones, posteriormente le quitó la ropa hasta dejarlo en ropa interior. Se vistió como un policía y salió del callejón con la porra en su mano derecha y la escoba en la izquierda. Con paso seguro avanzó hasta sus próximas dos víctimas, que habían dejado de dar golpes y se alzaban imponenetes ante un grupo de jóvenes que gateaba a duras penas, huyendo. Hablaban tranquilamente por la radio.

Empezó a correr hacia ellos y los embistió con una fuerza desmesurada, cayendo los tres al suelo. Aprovechando el momento de confusión, se abalanzó uno de ellos y sin dejarle tiempo tiempo a reacción aplastó su tráquea con la porra. Disfrutó con el crugir de su cuello como nunca había disfrutado.

No había previsto que el otro policía reaccionaría tan rápido, pero lo supo en el momento en el que recibió una poderosa patada en el costado. Cayó de encima del policía, se retorcía de dolor en el suelo mientras el otro policía se abalanzó sobre él.

Estás perdido como no sepas salir de esta.

El policía le levantó la visera y empezo a darle puñetazos en el rostro. Primero uno, luego otro, llegó un tercero. Cada uno más lento que el anterior. Antes de recibir el cuarto ladeó la cabeza hacia la izquierda, con su brazo izquierdo sujetó el brazo del policía, mientras que posicionó el brazo derecho ejerciendo fuerza en el cuello del policía. Cogió impulso y se giró con fuerza hacia la derecha, dándole la vuelta a la situación. Se levantó ligeramente, adelantó el pie derecho para pisar e inmobilizar el brazo izquierdo del agente, con el brazo izquierdo, inmobilizó el brazo derecho y con su brazo derecho levantó la visera del policía y devolvió los golpes recibidos, uno tras otro, cada uno con más rabia y más fuerza. Cuando terminó, la cara del policía parecía un mapa. Ojos amoratados e hinchados, la nariz completamente aplastada y varios dientes rotos.

Se levantó con el costado derecho magullado y la cara un poco dolorida, ya ni si quiera recordaba el golpe de la cabeza por el que sangraba. Oservó el panorama y no le gustó nada. Frente a él, cinco policías observaban atónitos la estampa de ese desconocido que vestía como ellos pero que acababa de dejar K.O. a uno de los suyos a base de puñetazos.

Mierda. Estás jodido –su voz volvía a ser la de siempre –, podrías haber huido, habrías escapado sin problema, estarías en tu casa, tranquilo y seguro.

No, no, no tienes que ser un cobarde -su voz volvía a sonar como antes, desconocida, pero a la vez familiar- acaba lo que has empezado, no es el momento de flaquear, lucha, si tú no luchas, nadie lo hará por ti.

Inspiró hondo, se agachó a coger la porra que había robado y el palo de la escoba, volvió a ponerse erguido e inspiró nuevamente, más fuerte todavía. Esperó y tuvo suerte.

Un policía se adelantó, corrió hacia él.

Perfecto. Prepárate, subnormal.

Se mantuvo sin mover un pelo, hasta que estuvo cerca. Dio un paso a la derecha, cogió el brazo izquierdo del policía, le dio una fuerte patada en las corvas, sin soltar su brazo. Cuando estuvo en el suelo, retorció su brazo hasta notar como se dislocaba. Seguidamente, le quitó la protección de la nuca y le atravesó el cuello con el palo de escoba. Todo ocurrió en poco más de cinco segundos. El policía se quedó en el inmóvil.

De ahí ya no te mueves, quedan cuatro.

Los cuatro restantes se quedaron perplejos ante lo que acababan de ver. La persona que tenían en frente no era normal, los ciudadanos normales huyen despavoridos ante un solo policía uniformado. La perplejidad se transformó en incertidumbre. No sabían si atacar los cuatro a la vez o retirarse.

Él se dio cuenta y quiso aprovechar esa incertidumbre, de modo que empezó a correr hacia los policías. Al ver la convicción del joven, retrocedieron, pero torpemente, dos de ellos cayeron al suelo. Mientras intentaban levantarse, uno de ellos notó una fuerte presión en su pierna, cuando giró su cabeza, él ya estaba ahí, con una mirada maliciosa pisaba su pierna y blandía el palo de escoba en una mano y la porra en la otra.  Le quitó el casco de la cabeza y empezó a atizarle con la porra y con el palo de escoba en la cabeza hasta dejarlo inconsciente. El otro policía que había caído lo presenció todo, horrorizado, desde el suelo. Empezó a llorar y a suplicar por su vida, pero no tuvo suerte, corrió el mismo destino que el anterior.

Una vez dejó fuera de juego a los dos policías, miró al frente, no había rastro de más policías, se habían dispersado.

Lo he conseguido.

Lo he conseguido.

¡Lo he conseguido!

Lo había conseguido, había salido del coma en el que cayó tras recibir el golpe del policía cuando intentaba escapar.

Por: @RubenSebas

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