A propósito de Llewyn Davis

Odiseo se marchó de Ítaca y tras veinte años de guerras, aventuras y penurias volvió a la isla de la que era rey para encontrarse una última batalla que luchar. Como héroe clásico de la mitología griega, Odiseo (AKA Ulises) triunfó en su ánimo por recuperar a Penélope y salvarla de las garras de los pérfidos pretendientes que le habían surgido mientras él estaba fuera.A_proposito_de_Llewyn_Davis-313796543-large

Llewyn Davis, en contra de las grandes historias de otro tiempo, no es ningún héroe. Es una suerte de Eddie Felson inexperto que debe aprender a perder aunque su carácter y la consciencia de su talento no se lo permitan. Su camino, su historia, es la de un hombre normal que siempre ha tenido Ítaca demasiado lejos. Y aunque la busque incesantemente, Ítaca no es su casa, no es su gente, ni su bar. Ítaca no existe.

Los hermanos Coen lo saben demasiado bien y conscientes, a lo largo de su filmografía, de que la figura del perdedor resulta entrañable erigen en “A propósito de Llewyn Davis” una historia alrededor de un personaje condenado pero no por ello derrotado. Y es que el Llewyn Davis encarnado por un tremendo Oscar Isaac es alguien elegantemente pobre que responde a su modo de vida como responde a su música: orgulloso pero atormentado.

El viaje que, en determinado momento, emprende Llewyn Davis no es una Odisea homérica  sino una canción de hora y media sobre su cotidiana y triste realidad. Una historia tan sencilla que apabulla por su capacidad de emocionar con pequeños gestos: un acorde a destiempo o la mirada perdida de un gato que se mira a sí mismo en la cara de un humano.

La música folk, que es de lo que “va” la última película de los Coen, es un acompañamiento perfecto del estado de ánimo de un protagonista memorable y también sirve para perfilar la personalidad de secundarios de peso. Secundarios de fuerte y extravagante personalidad que, sin embargo, casan a la perfección en el universo particular en el que se mueve Isaac: desde Timberlake hasta el imprescindible Goodman. Especialmente remarcable una Carey Mulligan tan sincera como un martillazo en la cabeza.

Los ambientes oscuros, los bares llenos de humo de tabaco rancio, ojos rojos y semicerrados, suelen crear atmósferas atractivas para el espectador. Pero la fotografía de Bruno Delbonnel va mucho más allá de hacer cool lo desagradable y consigue transmitir un espíritu patético propio de un film que se adueña de la sala.78274g

Patético: esa es la palabra sobre la que construye “A propósito de Llewyn Davis” su razón de ser. Al final, lo patético es tanto aquello que resulta grotesco o ridículo como aquello que nos mueve hacia la empatía, la tristeza o la melancolía. Una melancolía que domina el aire frío y la nieve de las calles que recorre Llewyn Davis y que él transmite cantando folk.

“A propósito de Llewyn Davis” es como una canción de voz desgarrada por el whisky, el frío y la vida. Ya saben: «si nunca fue nueva y nunca envejece, es una canción folk».

Lo mejor: Oscar Isaac. Ulises. Todo.

Lo peor: que su parca promoción no llame más la atención del público. No deberían perderse este peliculón.

Por: @FrancescMiro

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