La gran familia española

Cuando el buen rollo es contraproducente

Recuerdo que, hace no mucho tiempo, leía sobre aquella polémica surgida del pequeño pique entre el crítico deLa_gran_familia_espanola-597814865-large cine Jordi Costa y al figura del director Alejandro Amenábar.  Cuando el segundo disfrutaba de un estatus crítico elevadísimo y de una imagen pública envidiablemente sana, el primero mostró su desacuerdo con casi toda su filmografía reciente. Costa afirmaba que la figura de Amenábar era «fruto de una construcción colectiva. La mayoría ha decidido que el director es un icono irreprochable de nuestro cine y que, encima, es un buen chico. No es más que el fruto de un consenso global».

Daniel Sánchez Arévalo podría ser visto de una manera semejante: “Azul oscuro casi negro” irrumpió de manera favorable en el panorama español como un notable drama íntimo. “Gordos” intentó inyectar a la temática dramática un toque de comedia. Y “Primos” se reveló como una comedia simpatiquísima orgullosa de los clichés y de ejecución medidamente desmedida.

El mundo de la cultura en general, y del cine en particular, se compone de una serie de reglas y comportamientos que llevan a la adhesión y la estabilidad en la materia. Son comportamientos que uniformizan aspectos diferentes de una cultura y marginan productos que intentan salir de los cánones.

“La gran familia española” ha sido alabada como la abanderada de la “nueva comedia española”, tildada de “obra mayor sobre una época y un país” y coronada como “La gran comedia española de los últimos tiempos”. Pero, ¿qué tiene que provoque tal alud de buenas críticas?

El consenso crítico que envuelve la figura de su director.

Porque, en realidad, “La gran familia española” es una obra desigual: Plagada de los clichés típicos de la comedia romántica de boda (muy poco española), montada de manera dubitativa (avanza y recula nada más avanzar), aderezada con escenas quasiridículas (las escenas musicales) y finalmente envuelta en un aire patrio buenrollista en ocasiones asfixiante.

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“La gran familia española” está enmarcada en un momento contemporáneo actual que rodea la historia de un halo bienintencionado de compañerismo nacional (inexistente en la realidad). A pesar de sus puntuales aciertos, y del innegable pulso apostando por el agridulce sabor final, “La gran familia española” es de todo menos la esperanza de la comedia nacional.

La comedia de verdad, la que perdura, no surge de los chistes inofensivos. Ni del aire neutro con intención única de agradar a todos por igual.

El cine español no necesita de buen rollo. Necesita de garra y mala baba a lo “El mundo es nuestro”. El consenso colectivo es un sinsentido puesto que del arte, se espera que guste a unos e irrite a otros. Arévalo parece fruto del consenso: se ha sentado en un asiento muy cómodo que gusta al gran público y que hace ver a la crítica que, si gusta, hará taquilla, y con eso ya basta.

Lo mejor: La escena de la confesión paralela. El (truco) final.

Lo peor: Que sea vista como la esperanza de la comedia española. Cuando, ni hace reír, ni pretende sorprender.

Por: @FrancescMiro

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