Originalidad (parte 2)

Viene de: Originalidad (parte 1)

Se levantó y fue al dormitorio a por los plásticos que puso cuidadosamente bajo la mujer. Decidió dar un toque musical al asunto y encendió el tocadiscos, en el que estaba un vinilo de The Doors. The end empezó a sonar. Seguidamente, miró meticulosamente desde todos los ángulos, como si tratara de calcular la forma en que los plásticos debían estar colocados para no manchar el suelo. Cuando creyó que estaba todo perfecto, rajó su cuello sin más dilación, sin darle oportunidad a decir nada más.

-¡Mierda!- gritó al ver unas manchas de sangre en el impoluto suelo- Siempre igual…- abandonó la habitación y fue a buscar la lejía y un estropajo. Cuando limpió la sangre que había manchado el suelo fue al dormitorio. Allí abrió el armario y sacó un traje al más puro estilo anti-radiación, unos guantes de látex y una mascarilla.

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Se dedicó concienzudamente a limpiar con la lejía y el estropajo el cuerpo de su invitada, la voz de Jim Morrison, de fondo, le embelesaba. Después la cerró dentro de los plásticos, asegurándose que ni una sola gota de sangre cayera del fardo. La puso en el maletero del coche y arrancó.

Circuló por sitios aleatorios de la ciudad, no buscaba nada concreto, la ciudad estaba desierta y no comprendía cómo la policía no había puesto tropas a patrullar durante la noche tras la aparición de cadáveres durante los últimos días. De todas formas, consideró que era mejor cambiar de lugar donde dejar los cuerpos, así que fue a la ciudad vecina y dejó el cuerpo en el primer contenedor que encontró y volvió a casa.

Pasó lo que quedaba de noche leyendo lo último de Paul Auster. Se duchó con agua fría y se enfundó el traje de todos los días. Café, tostada y a trabajar.

El día solía ser aburrido, trabajaba en una sucursal de un importante banco. Era algo que odiaba, pero le daba de comer. Todos los días pensaba porqué había acabado trabajando allí y siempre llegaba a la conclusión de que su juventud tenía la culpa de todo. Mujeres mayores que no se aclaran con los recibos que le llegan a casa, gente a la que le han robado la tarjeta de crédito y quieren cancelarla, el que viene a preguntar por el juego de sartenes, un crédito para poder comprar un Mercedes, la pareja joven que ilusamente quiere una hipoteca y no tiene con qué pagarla… Cada vez le asqueaba más ese tipo de gente. Sonreía, decía cuatro palabras amables y todo el mundo salía tranquilo de la sucursal.

Comía en el bar de al lado, donde el telediario daba la noticia del hallazgo de otro cadáver en las mismas circunstancias en las que se habían encontrado 32 en otros tantos días anteriores y luego volvía a casa. La tarde la pasaba escuchando música y versionando alguna de sus canciones favoritas con sus instrumentos hasta que se cansaba.

Volvían a ser las 9 de la noche y volvía a estar frente al televisor. Su asqueo iba en aumento.

La gente del banco. La tele. Todo le asqueaba. Tenía que quitarse esa sensación de asqueo que le invadía.

Salió en busca de un nuevo restaurante, condujo por toda la ciudad y no encontró ningún lugar que fuera de su interés así que fue a la ciudad de al lado. Además, como algunos cadáveres los había dejado allí, estaba bien invitar a su casa a los habitantes de su ciudad vecina. Entró en una hamburguesería y pidió un menú normal, sin patatas y con un refresco de limón. Cuando acabó, no pudo quedarse mirando por la ventana como le gustaba, así que inició su ritual de caza.

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La ciudad vecina era más concurrida que la suya, por lo que a las 11 de la noche aún había cierta gente por la calle. Esta vez llevaba el cloroformo en el bolsillo, el numerito de la lluvia no le iba a valer otra vez. Tocaba una acción diferente. Subió al coche y condujo unos pocos metros para detenerlo de nuevo. Bajó, dejó la puerta abierta y levantó el capó. Ahora sólo tenía que esperar a que otro conductor apareciera.

Estuvo esperando 5 minutos y a lo lejos vio cómo se acercaban unas luces. Levantó los brazos y empezó a agitarlos vivamente. Cuando el coche llegó a su altura se detuvo.

-¿Algún problema, amigo?- preguntó un hombre gordo, con voz grave.

-Ya ve, me ha dejado tirado. ¿Le importaría echarme una mano?

-Venga, veamos qué le pasa.

Bajó del vehículo. Era una proeza que se mantuviera en pie y mucho más que articulara dos pasos seguidos.

-Ehm…veamos… ¿le parece bien que yo mire el motor y usted se sienta e intenta arrancar?- le dijo al hombre gordo, que asintió y se sentó en el asiento del conductor. –Cuando le diga, dele al contacto.

Hizo como que trasteaba cual mecánico, pero al amparo del capó aprovechó para mojar su pañuelo. Dio la señal y el hombre gordo arrancó el coche mientras se reía henchido de orgullo. Y, precisamente, mientras se reía, le llegó el turno de esnifar del pañuelo y viajar al mundo de los sueños. Con el capó cerrado y el hombre gordo en el asiento de copiloto, se marchó a casa. No le gustaba dejar pruebas, pero no podía encargarse de hacer desaparecer el vehículo de su nuevo amigo.

El hombre despertó en las mismas circunstancias que la mujer lo había hecho el día anterior: desnudo, atado de pies y manos y con un calcetín en la boca que le impedía articular palabra. Vio al hombre al que había ayudado a arrancar el coche apoyado en el marco de la puerta mirándole. Quiso levantarse y darle una paliza, pero sólo consiguió caer de la cama y acabar inmóvil en el suelo.

-Relájate, Oliver Hardy, que te vas a matar tú sólo- dijo mientras lo cogía de las piernas y empezó a arrastrarlo, con cierto esfuerzo, hasta la habitación musical donde lo colgó de las manos. – A ver, te voy a contar de qué va esto, “amigo.”- puso un énfasis especial en esta palabra- Dime, ¿conoces Las mil y una noches?

Asintió.

-¡Gracias, esto lo hace todo más rápido! Pues iré al grano, yo voy a ser el sultán y tú serás mi Sherezade. Resulta que estoy un poco harto de todo, la televisión, el cine, los libros, la música, es imposible encontrar algo original, que es lo que busco. Así que si me cuentas una historia diferente, original, que me entretenga, te soltaré y no volverás a verme jamás. De no hacerlo, morirás aquí mismo. Y, por cierto, cuando te desamordace no hace falta que grites, esta habitación está insonorizada y vivo relativamente lejos de la civilización así que nadie te oirá.

Dicho esto, se acercó a su nueva víctima para liberar su boca. Pudo ver el odio en sus ojos, si le soltara una mano se podría llevar el golpe más fuerte de su vida, estaba convencido de ello.

-¡Suéltame, hijo de puta, y te parto la cara!- dijo el hombre gordo cuando se encontró libre para usar la palabra mientras agitaba su cuerpo y su grasa iniciaba un bamboleo hipnotizante.

-No malgastes las que pueden ser tus últimas palabras y vete pensando una historia original que contarme. Voy a buscar unas cosas, te dejo pensando- dijo dándose la vuelta.

-¡Espera! Pero, ¿qué te crees, un flipado en una especie de cruzada en busca de la originalidad?

Siguió caminando, haciendo caso omiso a los alaridos, fue al dormitorio a coger los plásticos y a la cocina a por el cuchillo y volvió con su nuevo amigo.

-No es exactamente eso, pero si te quedas más tranquilo pensándolo- dijo mientras se encogía de hombros y volvía a enchufar el tocadiscos para que sonara The end.

-¿No? Pero dices que buscas la originalidad… cuando… cuando no eres nada original. Me hablas de las Mil y una noches y te dedicas a matar gente como un psicópata, como un enfermo mental cualquiera. ¡No es nada nuevo ni original!

Pensó un instante en las palabras que el rollizo hombre había pronunciado.

-Bueno, visto así, estás en lo cierto…

Se cortó el cuello.

Por: @Rubensebas

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