Originalidad (parte 1)

Eran las 9 de la noche de un viernes cualquiera. Un hombre de unos 30 años estaba tumbado en el sofá mientras miraba su televisor. No miraba nada concreto, zappeaba sin parar. Un pensamiento rondaba su cabeza: “300 canales de televisión por cable y la misma basura de siempre, no hay nada innovador, nada original. Guionistas que cobran millones, actores que cobran millones, concursantes que ganan millones. Telediarios manipulados. Y la misma basura una y otra vez. La máquina atrofiadora por excelencia”. Realmente no sabía porque pagaba por tener tele por cable.

Le gustaban la música y la literatura. Aunque también podía pasar por un coleccionista redomado. En el salón sólo habían un sofá, una mesa pequeña delante y un mueble enorme con estantería que ocupaba toda una pared. En el mueble, un viejo televisor y el resto del mueble estaba ocupado por estantes. Estantes llenos de libros, discos de vinilo y cassettes. Filosofía, rock, ciencia ficción, jazz, historia, punk, economía…

La música le gustaba hasta el punto de tener una habitación insonorizada con una batería, un saxofón y un bajo. Era la habitación más grande de la casa. Espaciosa y limpia. El olor a lejía se hacía patente hasta cuando la habitación estaba cerrada. Era un hombre pulcro. El resto de la casa estaba compuesta por un dormitorio con una cama y un armario empotrado, un cuarto de baño y una cocina. No más de 80m². A esto, se le sumaba un garaje, no muy grande, sólo había espacio para un coche y unos pocos bártulos.

Vivía solo, por lo que su vivienda carecía de sillas, sólo tenía un juego de cubiertos para comer. No obstante, todos los días recibía visitas. Algunos dirían que era un lobo solitario. Quizás sea lo que mejor le definía.

Padecía insomnio desde hacía 3 meses y 16 días. Al principio era como una tortura, pero supo transformar esa tortura y canalizarla en otro tipo de actividad.

Apagó el televisor de golpe y salió de casa en busca de un restaurante para cenar. Subió al coche y cruzó media ciudad para llegar a un restaurante indio al que no había entrado nunca. Ya quedaban pocos restaurantes que no hubiera visitado, no le gustaba que llegaran a conocerle en un lugar. Pidió un plato de pollo tandoori. Sólo comía un plato, hasta para eso era solitario. Cuando acabó, se quedó un rato mirando por la ventana. Llovía. No era una de esas lluvias intensas. Era ese tipo de lluvia muy fina, que apenas se ve, pero que todo lo moja.

Eran las 11, había poca gente en la calle. Solitud, perfecta solitud. Ya tocaba canalizar el insomnio.

Caminaba despacio, no le importaba el paso del tiempo. Cuando padeces insomnio, el tiempo no es una preocupación, mayormente te sobra.

Estaba en una esquina, no tenía paraguas, así que estaba consideradamente mojando cuando la vio a lo lejos de la acera. Era una mujer de unos 40, puede que algo más y se ocultaba bajo un paraguas de color rojo. Tenía un rostro hermoso, aunque mostraba cara de ofuscada, parecía que nada le iba bien ese día y deseara dormir para que así su ofuscación tuviera un descanso. Él se frotaba las manos mientras pensaba que era perfecta.

Avanzó hacia ella, cabizbajo, buscando tropezarse inocentemente con ella, cosa que consiguió. Dejó caer su cartera, como por accidente.

5507732490_339c2ffe14_o

-Disculpe, ahora mismo se la recojo- dijo ella con una voz nasal muy aguda, pero que denotaba cansancio. Se agachó a recoger la cartera del extraño y la secó con su mano.

-Muchas gracias, no se moleste, es una cartera vieja, un poco de agua no le va a hacer mucho más- su voz era como un suave susurro. Sonrió a la mujer, que pareció aliviarse un poco. –Le importa acompañarme a casa, vivo calle abajo y no querría empaparme más.

Ella dudó,  irse con un desconocido a esas horas de la noche no era recomendable, pero él tenía una cara agradable, confiable, incluso.

-De acuerdo, es lo menos que puedo hacer por estropearle un poco más la cartera.

Él no se lo podía creer. Había caído tan fácilmente. La gente es demasiado confiada, se lo ponían demasiado fácil, casi que accedían a participar en su juego.

Se acercaba a su coche, no sabía si podría volver a engañarla, pero estaba convencido de que tendría suerte.

-Oiga, puede esperar un momento, me dejé una carpeta en el coche y ya que está usted aquí me gustaría subirla a casa sin que se mojara.

Ella dudó por segunda y última vez esa noche antes de asentir con la cabeza.

Él abrió la puerta del copiloto y metió la cabeza en el coche con una sonrisa. Lo que pasó a continuación fue demasiado rápido para la mujer que allí esperaba con el paraguas rojo. Descrito de forma lenta, él sacó, con la mano derecha, una botella ámbar con un líquido incoloro en su interior de debajo del asiento y, con la mano izquierda, un pañuelo de su gabardina. Vertió parte del contenido en el pañuelo y lo acercó rápidamente al rostro de ella que, pese al forcejeo, sucumbió a un profundo sueño. La metió en el asiento, le puso el cinturón y cerró la puerta. Nunca revisaba la calle, sabía que estaba solo, lo notaba. Se metió en el coche y condujo hasta su casa.

Ella despertó, acostada en una cama, y lo vio todo borroso, se dio cuenta de que tenía las manos atadas a la espalda, algo en la boca que no le permitía hablar y…sí, los pies también atados. Fue todo muy rápido, intentó chillar pero no pudo. Obvio. Respiraba fuerte y profundamente, su corazón latía a una velocidad a la que no estaba acostumbrada. Notó frío y, al mirar se dio cuenta de dos cosas: estaba desnuda y estaba acostada sobre plásticos. Quiso llorar, pero no le salían las lágrimas, ni de rabia, ni de tristeza.

Desde la puerta él la miraba.

-No te preocupes, aunque estás desnuda no tengo intención de hacerte nada sexual, es…pura logística. Estabas empapada y no quería mojarlo todo- dijo él con su voz susurrante. –Aunque, dicho sea de paso, eres una mujer preciosa.

Dicho esto dio media vuelta, fue a la cocina a por un zumo de piña y volvió a la habitación. Se quedó un rato en silencio observándola. No había lascivia en su mirada ni en sus pensamientos. Posó la mirada en su rostro, asustado pero hermoso, con alguna que otra arruga, reciente, seguramente. Sus ojos eran marrones, bastante normales; su nariz, un poco prominente, pero sin resultar desagradable; sus labios, finos sin pintalabios, aunque claro, eso lo sabía de antes de meterle un calcetín en la boca y atarlo con cinta. Bajó lentamente la mirada por su cuello, hasta llegar al pecho. No tenía unos pechos grandes, ni redondos como pelotas, pero le gustaban. Siguió bajando lentamente, su ombligo, llegó al pubis, lleno de pelo, aunque con las ingles depiladas, al igual que sus piernas. Repitió su escaneo visual tres o cuatro veces, mientras bebía lentamente el zumo.

Cuando acabó el zumo, fue a tirar el envase a la basura y se puso manos a la obra. Cogió a la mujer de la cama y se la echó al hombro. Ella quiso golpearle con las piernas lo más fuerte que pudiera, intentar llegar de alguna forma a la entrepierna, pero el miedo no la dejaba moverse. La llevó a la habitación insonorizada, donde dos cuerdas colgaban ahora del techo. En ellas ató las manos de la mujer y la dejó colgando.

-Vamos a jugar a un juego- comenzó a decir él. –Vale, no me gusta ese comienzo, está muy visto. Bueno, da igual. Te voy a informar de tu actual situación. Estás en mi casa, esta habitación está insonorizada, aunque de no estarlo vivo a las afueras de la ciudad así que si quieres gritar nadie te puede oír. Si quieres ahorrarte esa parte, te estaré muy agradecido. Y ahora, dime, ¿conoces Las mil y una noches?

Ella negó con la cabeza.

-Vaya- prosiguió- entonces todo esto te vendrá de nuevo. Verás, el sultán Shahriar tenía la costumbre, bueno, más bien el vicio, de cada noche acostarse con una chica virgen que, al día siguiente, mandaba decapitar. No, no te asustes, esa no es exactamente mi intención. Resulta que un día llegó Sherezade y le contó al sultán una historia muy interesante y como estaba entretenido, no la mató. Así hasta pasar mil y una noches. Pues bien, yo sólo te pido que me cuentes una historia, pero una historia original, estoy harto de libros que se parecen a libros, películas que se parecen a películas, busco un poco de imaginación. Si me cuentas una historia novedosa y entretenida te dejaré escapar, no volverás a verme jamás. Si no lo consigues, te mataré.

Él pudo notar en su rostro la preocupación, el miedo. Sabía sólo con mirarla que no pasaría la prueba.

-Voy a mear, así te vas pensando algo.

Ella se quedó sola en el cuarto, ahí colgada. Por su cabeza pasaba un único pensamiento y no era precisamente una historia original: iba a morir allí mismo. Oyó el ruido de la cisterna. Se acercaba su final. Oyó como un cajón se abría y se cerraba. Al poco tiempo él apareció con un cuchillo en la mano. Ahora sí que pudo llorar.

Él se acercó a ella, podía notar su miedo hasta si cerraba los ojos. Cuando estuvo delante de ella, le secó las lágrimas con el dedo pulgar de su mano derecha, la que no tenía el cuchillo. La besó en el frente y mientras lo hacía le quitaba la cinta y el calcetín de la boca.

-¿Por…qué? ¿Por qué yo?- dijo entre sollozos.

-Bueno, si buscas ganar tiempo, te lo concederé, pero eso no es lo más original que me han dicho aquí. A ver… ¿Por qué hago esto? Supongo que hay dos motivos para que haga esto. Primero, padezco insomnio. No consigo dormir por las noches desde hace 3 meses y 16 días. Bueno, con esta noche ya son 3 meses y 17 días. El médico no quiere que me medique, por lo visto no es bueno que el organismo se acostumbre al sueño mediante medicamentos. Después, como ya te he dicho, estoy un poco harto de la carencia de originalidad en este mundo. Todo está muy visto. Libros, música, películas…hasta la historia se repite. Así que de una mezcla rara y, algo psicótica, ha salido esto. Y, ¿por qué tú? Simplemente te cruzaste en mi camino. Azar, destino, llámalo como te plazca.

Se hizo el silencio en la habitación. Sólo se oía algún que otro sollozo de la mujer.

-Bueno, ¿me vas a sorprender con alguna historia mágica?-dijo mientras se sentaba en el taburete de la batería, expectante como un niño que espera su regalo en nochebuena.

-No…no puedo…estoy en blanco…bloqueada…no se me ocurre nada. Mátame y acaba con esto.

-Vaya, esto es un poco original. Normalmente la gente me pide que no la mate, que la suelte, que no se lo dirá a nadie… Pero bueno. Lo que me has contado no es una historia así que…

Continua en: “Originalidad (Parte 2)”

Por: @Rubensebas

Anuncios

Un comentario en “Originalidad (parte 1)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s