MacGuffilms en #CinemaJove día 4

El cine como el arte del engaño

Ayer no empezamos con buen pie en #CinemaJove. No pudimos acudir a la sesión matinal, así que nos perdimos la película polaca “Milosc”. Para acallar nuestra conciencia acudimos a la primera sesión de la sala Rialto: “Inn I Mørket” (Into the dark), una película de nacionalidad noruega dirigida por Thomas Wangsmo en lo que era su primera incursión en el largo. Wangsmo había dirigido ya cinco cortos, y su apuesta por el largo iba fuerte: un drama familiar sobre un hombre que atropella al hijo de su vecino.

Así pues “Inn I Mørket”  analiza la relación entre dos adultos (el padre del atropellado y el conductor) que mantienen una relación cordial de amistad hasta que el accidente precipita acontecimientos que dinamitarán su relación.  Si bien el film empieza con fuerza, pronto el espectador se da cuenta de que está hecho para ir hacia abajo. Como quién se desliza por un tobogán, Wangsmo pierde fuelle nada más empezar y, en base al hecho del atropello, deconstruye las consecuencias de un accidente fortuito. El problema es que, posiblemente, esta deconstrucción no tiene, o mejor dicho, no crea, interés suficiente en el espectador que, en muchas ocasiones del film puede pensar que no hay tanto para contar.

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Si el film pronto se descubre vacío de intriga y de gancho. Así como también de fuerza dramática, intentaremos averiguar que pretende expresar. Explotando los fríos parajes noruegos, Wangsmo consigue explotar la calma nórdica y la suma educación de sus personajes, a base de giros que, sin embargo, no consiguen implicar al espectador avezado.

A pesar de todo “Inn I Mørket”  sí que consigue algo. Consigue realizar un retrato sobre la inexistencia del hecho accidental en sí. Wangsmo consigue hacernos ver que la naturaleza del ser humano le empuja a buscar culpables sin excepción. En cualquier accidente habrá víctimas, y  por tanto responsables. Sea cual fuere el accidente la naturaleza del accidente, el ser humano hará una valoración que, a la larga, culpará a alguien. ¿Existen los accidentes, o sólo hechos producidos por conductas erróneas?

En el momento de recoger las entradas de “Inn I Mørket” decidimos recoger también las de una sesión de cortometrajes y las entradas para el pase especial de la película “Un suave olor a canela”. Y ahí volvieron los problemas, si es que jamás terminan de irse. En el momento de acudir a la sesión de cortos se nos anunció que las entradas que nos habían dado no eran válidas, y, empezada la proyección nos tocó ir a cambiarlas y dar explicaciones puesto que se nos acusaba de habernos sacado dichas entradas de nosequé chistera de mago. A pesar de todo, pudimos ver cuatro de los seis cortos del programa.

Empezamos con “Le pays qui n’existe pas” , un corto francés que nos cuenta la historia de Jeanne, una niña de doce años que, de viaje en DisneyLand París descubre que su padre engaña a su madre. El enfrentamiento de una joven instigada a madurar en un sitio extraño, dónde la gente acude a volver a ser inmaduros, es sin duda el gran fuerte de un corto que, sin embargo, acaba por tornarse falsamente triste y oscuro.

Luego descubrimos una pequeña joya, de ésas que éste festival esconde preciadamente: “Father”. Se trata de un corto de animación  búlgaro que cuenta la relación de cinco niños con sus cinco padres para realizar una radiografía de la figura paternal de una manera muy peculiar. “Father” mezcla, como se viene haciendo últimamente en estudios de animación alternativa, muchas técnicas animadas para conseguir un efecto de irrealidad que termina por chocar frontalmente contra los ojos del espectador. Su diseño de personajes siniestramente simpáticos gana fuerza y adquiere una personalidad propia en cada niño que cuenta su historia paternal. El estudio de la falta de comunicación entre padres e hijos más extraños que hemos visto. Y también, posiblemente, el más extrañamente precioso.

Luego vimos “My Baby” un cortometraje rumano que nos cuenta una historia basada en un enorme Macguffin: Una guarda de seguridad coincide con un hombre en el edificio que vigila y se decide a contarle algo. Éste simple hecho, hará que la vida del hombre, de su mujer, y la de la guarda de seguridad sufran una transformación que, finalmente, no sabremos si es o no, deseada. La utilización del Macguffin (no saber qué es lo que la guarda le cuenta al hombre) es el principal (¿único?)  motor de una historia que no termina de comprenderse. Tal vez de manera deliberada o tal vez por falta de un guión que hace aguas. Quién sabe.

Y terminamos la sesión de cortos con uno especialmente simpático, dado el tono trágico de lso demás: “El niño árbol”. En él, Hugo, un niño introvertido y con problemas para relacionarse, pasa las horas colgado del árbol del jardín de su casa. No juega con los niños del barrio y no se relaciona más que con sus padres. Pronto éstos, tomarán cartas en el asunto.

“El niño árbol” parte de la base de que los actos de la niñez, no son meditados, ni pensados. Por tanto son livianos y fútiles, y no se les debe prestar demasiada atención. Los niños se cansan de los juguetes y buscan nuevas maneras de entretenerse, y no por ello tienen problemas de atención ni comunicación.  Hugo, es un niño normal, particular, como todos. Pero normal.

Sin apenas tiempo para respirar acudimos a uno de los “Encuentros Making-Of” más destacados del festival: el de Rodrigo Cortés. En él, el director de “Buried” i “Luces Rojas” nos habló de las películas que le habían marcado de forma consciente o inconsciente puesto que «uno no se forma sólo de los grandes títulos de la hisotira del cine, o de los que disfrutan de consenso generalizado. Por ejemplo “El gran azul” o “Good Morning Vietnam” películas que han sido grandes experiencias para mí el verlas pero que pueden ser consideradas obras menores» nos decía.  El cineasta nos contó, en una perorata de cerca de 40 minutos, porqué había elegido los films de la sección paralela del festival “Cuadernos de Rodaje” en la que un director de renombre selecciona seis films que le han configurado.

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Cortés nos contó, sobre el porqué de elegir a Buster Keaton, que «quería empezar por cine mudo, y no era una decisión snob. Viendo y haciendo cine mudo es probablemente con lo que más he reflexionado sobre la gramática audiovisual». Y sobre el curioso hecho de haber elegido a Keaton antes que a Chaplin contestó que: «Me parecía que no tenía este componente melifluo que a veces tenía Chaplin y porque reaccionaba de una forma muy potente a su forma de entender la puesta en escena. Buster Keaton necesitaba de los recursos propiamente cinematográficos para llevar adelante la complejidad de sus gags.».

Sobre la siguiente elección, “Uno dos tres” de Billy Wilder, Cortés aseguró que quería hablar de tempo, del ritmo y diálogo. Para él el film de Wilder es  «el epítome del control interno del ritmo del plano con réplicas y contrarréplicas endiabladas. Con “Uno, dos, tres” se producía algo muy especial que tiene que ver con una forma personal que uno tiene de ver el mundo aunque no sea consciente. Primero porque Billy Wilder siempre es venenoso, ácido y oscuro demostrando una manera perfecta de mostrar lucidez. Y además esa forma de articular los diálogos, jamás en mi opinión se ha llevado a un terreno de virtuosismo tal».

Sobre la elección de “Los pájaros” de Hitchock  quería hablar de la parte estrictamente visual. Huyendo de la parte dialogada y marcando el reverso de la elección de “Uno, dos, tres”. «Obviamente, la historia no ha recordado “Los Pájaros” por su guion. Hichcock llevaba la narración de sus películas a otro terreno, un terreno radicalmente abstracto  y más que nunca en esta película. Trascendiendo la trama, los personajes o la lógica interna y orquestando una obra maestra en la gestión de la tensión durante dos pedazo de horas a partir del conocimiento de las herramientas del cine.».  Según él, la capacidad alegórica de éste tipo de cine, habla sobre el ser humano tanto más que cierto cine social que se atribuye de per se esa pancarta.

Sobre las herramientas del cine siguió hablando para referirse a Fellini y la película que él escogió para el festival: “Ocho y medio” de la que hablaremos mañana. Según Cortés: «Pocos directores han tenido un conocimiento tan amplio de las herramientas de su oficio para poder gestionar historias muy personales que, a priori no deberían importarle a nadie más que a él y a su psiquiatra y conseguir que mucha gente se interesara por ellas.». Afirmando que seguramente la película que más había visto a Fellini no era “Ocho y medio” sino “Amarcord” aseguraba que, sin embargo «quería hablar de “Ocho y medio” para referirme al diálogo entre el propio cineasta y su obra. Esto me resulta fascinante. Recuerdo que la escena final en la que  todos los personajes de su película descienden esa escalinata se generó en mí algo que no soy capaz de articular. Algo que hacía que la peli se fagocitara a sí misma y empezase a multiplicarse delate de mis ojos. ».

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Y se multiplicaba como lo hacía también “Fraude”. La elección de “Fraude” de Orson Welles para “Cuadernos de cine” explica mucho sobre la manera de entender el cine que tiene Cortés y la manera de ver la importancia del montaje en el resultado final del film. Según él, este film «Me servía para hacer ver que el arte del cine y de la prestidigitación son exactamente el mismo.  No son artes afines, similares o equiparables. Son el mismo.».  Esto, según él, está íntimamente relacionado con su manera de ver y hacer su oficio: «Mi oficio está compuesto por mentiras en el mejor sentido de la palabra. Todo en cine es mentira. Todo en el cine es manipulación. Y la pretensión del cineasta no debería ser contar la realidad, sino la de tratar de contar la verdad a través de la mentira. En ése sentido el mejor cineasta es el que mejor manipule al espectador.».  Y la manipulación que Orson Welles realiza en “Fraude” es, ciertamente, admirable.

Y finalmente la última película que Rodrigo Cortés eligió para “Cuadernos de cine” era, tal vez, «La más controvertida, la más censurable por un crítico purista.». Él afirmó que el resto de los títulos podían ser consideradas clásicos mejores o peores. Pero eso no se podía aplicar a “El Muro” de Allan Parker: «Elegí “El Muro” por determinadas razones. La primera de ellas podría ser que quería elegir una película en la que las preguntas fueran importantes y en las que no se dieran todas las respuestas. Quería incluír en la selección una representante de un tipo de cine que es sensorial, y no estrictamente racionalista. Un cine que provoque determinadas reacciones e interpretaciones y que obligue a un proceso de digestión que lleve a soluciones diferentes para cada espectador.».

Para acabar la noche, nos encontramos con la única película española de la sección oficial del festival: “Un suave olor a canela”, de la directora y guionista novel Giovanna Ribes. Ambientada en la ciudad de Valencia, la cinta trata la vida de Valia, una joven un tanto peculiar que tiene por costumbre conocer la vida de los demás. Con su cámara de vídeo o de fotos se dedica a retratar cuantas personas le parecen interesantes e incluso a ella misma. Cuando Valia se entera de que padece cáncer de mama verá como su vida, evidentemente, sufrirá un cambio radical. No queremos ser políticamente incorrectos, ni tampoco parecer unos insensibles, pero la película no termina de llegar a conectar. Se pierde ella sola en una nube de existencialismo intimista, mostrándose algunas veces como un producto que se cree culto, y no llega a ser nunca un homenaje al uso a todas esas valientes mujeres que luchan contra la enfermedad, aunque esa sea su intención. Además, parece darse cuenta de ello y con su escena final busca la lágrima fácil para que el espectador se quede con esa sensación de que ha visto un drama que ha sabido conquistar su lado más sensible. Y no.

Si el cine es el arte de la prestidigitación y el engaño, siempre habrá películas que conseguirán engañarte. Y siempre habrá algunas que lo intentarán.

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