El poder es un castillo de naipes

Decía Toni García en Jot Down, que “House Of Cards” no era tanto una serie como “un retrato sociológico de una elite que dinamita los puentes y luego nos cobra los explosivos”. Puede. Y puede que solo se trate de un vodevil cínico que nos muestre los oscuros bailes del poder. Puede que sea una ópera dedicada al fantasma actual de Maquiavelo. O sólo una serie de televisión con pretensiones. O puede que “House Of Cards” sea todo eso y algo más:

“House of Cards” es poder.

Y el poder, amigos, es un imponente castillo de naipes. Se mantiene impertérrito si nadie lo toca. Si nadie mueve ninguna de sus cartas. Pero puede venirse abajo. Puede caer y caerá estrepitosamente si alguien se atreve a tocar juguetonamente una simple esquina inferior. Ese alguien es Francis Underwood, o Kevin Spacey, un congresista que hará lo que haga falta para escalar, piso por piso, en el castillo del poder.

Caigan las cartas que caigan.

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Francis Underwood quiere lo que es suyo

Esta es la premisa de “House Of Cards”, la serie auspiciada por Netflix, remake estadounidense de la original homónima británica: Francis/Spacey aspira a la secretaría del Estado, pero sabe como son las trampas del camino de ascenso. Sabe como funciona la macabra comedia de la política y conoce mejor que nadie las telarañas que se esconden en los entresijos de la impoluta casa del que manda. Así que irá con cuidado, paso a paso. Agarrando con fuerza la mano de su mujer, Claire (inmensa Robin Wright), su báculo, su amuleto.

Sabe que el camino le depara sorpresas. Sabe que sangrará pero hará caso a Kavafis y rogará que el camino sea largo. Y nos lo demostrará desde la primera escena, cuando nos confesará que “Hay dos clases de dolor. El dolor que te hace fuerte y el dolor inútil, ese dolor que sólo provoca sufrimiento. No tengo paciencia con las cosas inútiles. Los momentos como este requieren a alguien que actúe. Que haga lo más desagradable…lo necesario”.

Y ese alguien es él.

Así que preparaos si queréis acompañarle porque esto no va a ser fácil.

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El fin justifica los medios

Y si al final algo os empuja a seguirle, sabed que la Casa Blanca es un laberinto. Los engranajes del poder son complicados, no os despistéis. La retórica política siempre engañará aunque diga la verdad, escuchad los silencios. Los medios de comunicación dirán lo que les convenga, no os dejéis engañar. Todos querrán su parte del pastel, así que apresuraos, u os comeréis los dedos.

Y puede, solo puede, que al poco de seguir a Francis, empecéis a amarle como él ama a su mujer. Es decir, como los tiburones aman la sangre.

Pero sed cautelosos, porque David Fincher sabe lo que hace y lo hace bien, aunque nos moleste, aunque nos zarandee. Aunque nos repugne.

Aunque joda, como el final de “Seven”.

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