En la 3ª planta

Todo empezó como un juego.

Todo empezó como un juego.

Ella vivía en la tercera planta.

Él trabajaba en la segunda planta.

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La conocí una gris tarde de lunes. Todo iba de mal en peor en el trabajo y nadie me esperaba con una cena caliente en casa. Mi vida era una fotocopia del día anterior que a su vez era una calcomanía de su antecesor. Un perpetuo lunes. Hasta que la vi.

Llevaba un vestido rojo llamativo. Era de esperar que se fijasen en mí. Él lo hizo. Pero no me miró como se mira a una mujer hermosa. Me miró cómo se mira a una obra de arte de una belleza doliente o cómo se mira un abismo dónde rompe el mar furioso. Peligroso pero fascinante.

Al principio no tuve valor de decirle nada. Anduve durante días a su alrededor. Silencioso y escondido entre la multitud la observé ser ella misma. Veía cómo le dedicaba su impertérrita sonrisa a todo aquél que posara su vista en ella. La observé vestir de azul, de verde y de violeta. Nunca de negro. No era mujer de vestir negro. Era demasiado radiante. Demasiado feliz. Empecé a saborear lo que era despertarse con ganas de vivir.

Con el tiempo dejó de espiarme y empezó a acercarse a mí. Cuándo la gente ya se iba, y nadie se fijaba en él, venía y me hablaba de la vida. Me hacía reír y sentirme bien. Es halagador sentirse deseada. Más en mi situación. Él hacía creer que podía ser algo más. Cuándo caía la noche, imaginaba que venía a hacerme compañía. Me sentí sola cómo nunca lo había estado. Tal vez porque tampoco había estado nunca acompañada.

Me cambié de planta y, paso a paso, construimos una relación. Ella estaba sola. Yo también. Y no tenía por qué ser así. Podíamos estar juntos. Debíamos estarlo. Pronto empecé a hacerle regalos. Un anillo al principio. Una pulsera. Un vestido después. Ella era feliz. O al menos no demostraba lo contrario.

Y entonces empezó a estar constantemente a mí alrededor. Hacía de mí lo que quería. Me vestía, me peinaba, me pintaba. Me acariciaba y me hablaba sin cesar. Sus palabras, antes inspiradas y frescas, estaban ahora llenas de necesidad y vacío. Un vacío que me atenazaba a él como si de mí dependiese su vida.

Teníamos que ir a más. Estábamos estancados. Quietos en un petrificado estado de un bienestar que podía resquebrajarse en cualquier momento. Cómo se rompe el hielo de la superficie de un lago helado. Helado y oscuro. Teníamos que avanzar. Era lo que hacían todas las parejas. La besé.

¡Me besó! Dios mío. Aquello iba de mal en peor. Hay relaciones que, sin más, van apoderándose de todo. Yo no le decía nada. No podía. Él, por su parte interpretaba que mi silencio era un «de acuerdo» susurrado.

Su belleza antes me había parecido sublime. Intocable y superior. Pero ahora estaba a mi alcance. Y cuándo posees un tesoro inalcanzable, éste se te presenta diferente. Igualmente hermoso, pero terrenal. Como tú, como todos.

Empezó a tocarme. Travieso al principio. Juguetón. Y luego las caricias se convirtieron en palmadas. En deseo fogoso y violento. Yo no sabía cómo tenía que actuar. Qué tenía que hacer si las cosas se ponían feas. Estaba indefensa. Hice lo que mejor se hacer. Mantenerme impertérrita.

Y cuándo parecía que todo iba bien, comenzó a comportarse de manera indiferente. Cómo si yo no estuviera ahí. Cómo si nunca lo hubiera estado. ¿Qué te pasa?

Me preguntó que qué me pasaba. ¿Que qué me pasaba? ¡Tan solo tenía que mirarme cómo lo que era! Lo nuestro no podía ser. Decía que ya no le hablaba. Jamás le había hablado. No podía, pues no gozaba de ése don.
¿Ya no me amas? Tampoco podía amarle. Eso sólo lo pueden hacer los que viven.

¿Acaso esto ha sido sólo un juego para ti? Eres como todas. Fría y manipuladora. No me mereces.

No merecía aquella pesadilla. A veces nuestra naturaleza es lo mejor que nos queda. Me descubrí anhelando que volviese a ser de día y la gente volviese a mirarme cómo lo que era. Una belleza de plástico.

El mejor maniquí de la 3ª planta. Moda mujer y moda íntima.

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