Miradas

Miradas_by_KuuzReloaded[1]

El día que cumplí los 13 años obtuve un don, un don que conservo a día de hoy. Bueno, el llamarlo don es algo relativo. Muchas veces, lo que para unos es un don, para otros es una maldición. Cómo verlo, suele coincidir con la pertinencia de éste. Me explico: Para quien lo tiene, suele ser una verdadera maldición; para los que no lo tienen, en cambio, puede parecer un don fabuloso. Pero no siempre es así.

Bueno, hecha la aclaración sobre esta dicotomía, volvamos al extraño día que conseguí mi don: Cuando cumplí 13 años, caí desde lo alto de un tobogán con la suerte de quedar inconsciente. Pero no inconsciente y basta, no, inconsciente con los ojos abiertos, fijos en el sol mañanero. Evidentemente, no me vi, pero estoy convencido de que debía parecer uno de esos juguetes siniestros que al reclinarlos abren y cierran los ojos. Nadie sabe el tiempo que pasé mirando fijamente al sol, pero la cuestión es que acabé con las retinas quemadas.

Cuando recuperé la conciencia, obviamente, no veía nada. El diagnóstico del doctor fue rotundo: la ceguera era irremediable. Pero de irremediable nada, al día siguiente, me levanté con la visión perfecta. Aunque con una habilidad nueva y especial: mirando fijamente a los ojos de una persona podía apropiarme de sus recuerdos. Por suerte, estos recuerdos no quedaban gravados en mí para siempre, sino que se borraban cada vez que veía otros ojos, reemplazándolos por los nuevos. Pero este don tenía un grave defecto, mis recuerdos desparecían cuando venían a mí los de la persona a la que miraba.

O lo que es lo mismo: olvidaba quien era.

Al principio fue muy complicado convivir con ello. Por suerte, en casa o en el colegio todos me conocían, así que siempre terminaba recordando mi existencia. Quizás esto suene complicado, pero es bien sencillo. Cualquier persona que me conociera guardaba algún recuerdo de mí, así que cuando adquiría los recuerdos de alguien, yo estaba en ellos y era más fácil convivir sabiendo que existía.

El problema venía cuando miraba a un desconocido, a una persona que no hubiera visto jamás, entonces mi yo desaparecía por completo. Por suerte, antes de que esto me pasara había descubierto la forma de recuperar mis recuerdos, que no era otra que mirarme al espejo. En ese instante recordaba quién era y olvidaba los recuerdos de la persona anterior. Desde entonces siempre me acompaña un pequeño espejo.

Pronto aprendí que podía evitar que esto pasara llevando gafas de sol. Al no producirse el contacto directo de los ojos, yo no recibía los recuerdos de la otra persona.

Quiero recalcar la suerte que tengo por poder olvidar los recuerdos de otras personas. Sólo el pensar en mi yo de 13 años, con recuerdos sexuales de mis padres, familiares o profesores es escalofriante.

Cuando cumplí 16, decidí aprovechar este don a mi favor. Iba a escribir, escribir los recuerdos de las otras personas. Pero, ¿cómo? Si recibía los recuerdos de alguien, olvidaba los míos. Si recuperaba mis recuerdos, olvidaba los de ese alguien. La solución fue más fácil de lo que pensaba, sólo tenía que tatuarme un mensaje en la piel para cuando perdiera mi consciencia: “ESCRIBE TODO LO QUE RECUERDES. LUEGO, Y SÓLO LUEGO, MIRA AL ESPEJO”. El tatuador flipó, pero estoy convencido de que habría tatuado cosas muchos peores.

En ese momento se abría ante mí un abanico de posibilidades extenso. Era joven e inquieto y tenía un don.

Al principio, empecé a ir a los distintos parques de la ciudad y miraba por encima de las gafas de sol. Cuando mi vista se paraba en mi brazo, hacía caso al mensaje que tenía escrito y escribía las intimidades de esa persona. Se podría decir que fui el que llevó al máximo extremo el fenómeno vouyer. Luego me miraba al espejo y mis recuerdos volvían. He de decir que no siempre era así, si me miraba con las gafas puestas no pasaba nada, pero tarde o temprano me miraba sin ellas. Después de esto, revisaba lo que había escrito.

Cerca del 90% de las veces, lo que escribía no valía para escribir una novela. Pero guardaba todo lo que escribía. Nunca se sabe qué historia, maquillada un poco, puede convertirse en una gran historia.

Con el paso del tiempo, empezó a gustarme más y más.

Con el paso del tiempo, acabó convertido en una droga. Quería más. Era adicto a los recuerdos de las personas.

En mi defensa, diré que siempre respeté el anonimato de las personas, aunque mi yo “invasor de recuerdos” (chulo, ¿verdad? Yo escogí el nombre) anotara nombres, cuando volvía en mí tachaba todos los nombres de los relatos.

Seguramente, cualquiera diría que era un enfermo. Y, seguramente, estaría en lo cierto. Cuando cumplí 18, en mi casa había 212 libretas llenas de vidas. Vidas de otras personas que yo había robado con mi mirada.

Normalmente, en aquella edad los jóvenes se enamoran. Lo sé porque las vidas de mis libretas lo cuentan. Yo nunca he amado a nadie. Nunca he podido sentir el poder de una mirada porque inmediatamente me sumergía en otra persona. Sé que las miradas son un momento mágico, pero mis miradas eran mucho más mágicas y únicas. No necesitaba amor cuando podía sentir cientos de amores. Aunque a día de hoy me arrepiento de no haber sentido uno propio.

Pero bueno, no nos desviemos del asunto: Conforme pasaba el tiempo, mi obsesión alcanzaba límites insospechados. Necesitaba nuevas miradas, nuevas vidas. Así que, empecé a trabajar y en mi lugar de trabajo pude encontrar historias interesantes. Como os podéis imaginar, resultaba raro de cojones un tío con gafas de sol con una libreta al lado. Nunca conté mi secreto, simplemente decía que tenía problemas oculares (lo cual no era del todo mentira) y que era un romántico de esos a los que les gusta escribir poesía. Era mejor ser el tolay de la poesía que el enfermo mental que hurga en sus intimidades.

No podía parar de escribir, el trabajo era una mina. Y yo tenía que explotarla. Llené hojas y hojas de perversiones sexuales, delitos económicos y mi sorpresa llegó cuando encontré un asesinato. Un asesinato a sangre fría, premeditado, nada accidental. La cosa empezaba a escapárseme de las manos. Ya era un adulto y debía actuar como tal, llevar estos documentos a la policía y que emprendieran las acciones necesarias. Pero, ¿quién iba a creerme? Sólo mi familia y amigos más cercanos conocían de mi capacidad y porque la vivieron de cerca. No, no podía. Además, en caso de que me creyeran, ¿y si me metían en la cárcel por la cantidad de intimidades que había violado? No valía la pena. Era mejor conservar mi empleo y seguir con mi afición. Al menos, eso pensé.

Continué expandiéndome, no conocía límites. Y menos aún después de conocer el fenómeno del aeropuerto. Gente que va y que viene. Miles de historias diferentes. Miles. Puede que millones. Vidas que vienen, vidas que van. Miradas que vuelan buscando una nueva vida. Vidas que buscan proporcionar nuevas miradas. Las historias se volvían cada vez más interesantes. Soldados, policías, bomberos, políticos, banqueros, famosos… Viví un éxtasis inigualable. Podéis usar toda vuestra imaginación y no alcanzaríais a imaginar lo que me podía ofrecer el aeropuerto. Vicio, depravación, bondad, amor, superación, resignación, enfermedad, diversión, aburrimiento, soledad, alegría…

Dejé el trabajo y me dediqué exclusiva y plenamente a mi adicción. Iba al aeropuerto, me sentaba, miraba a alguien a los ojos, miraba mi tatuaje, escribía, miraba el espejo y volvía a empezar.

Día tras día desnudaba la intimidad de decenas de persones. Me daba igual que fuera hombre, mujer, niño anciano, etnia o estatus social. Nada de eso importaba. Sólo quería conocer la vida de todos ellos.

Y, por el camino, se me olvidó por completo que yo quería escribir libros sobre aquellas vidas. Ahora sólo quería saber más y más, no para escribir libros, sino porque necesitaba conocer a más gente. Más y más.

Se me fue de las manos.

Completamente.

Es algo que sé desde que la policía me detuvo en el aeropuerto. Bueno, quizás en ese momento no lo supe. Más bien me di cuenta cuando ingresé en la cárcel. Era cuestión de tiempo que pasara. Ahora lo sé. Aunque siempre pensé que sería más tarde que pronto. Me encerraron en una celda con mis gafas de sol y sin espejo, con la norma de no apoderarme nunca más de recuerdos ajenos. Se aseguraban de ello preguntándome a diario quién era, quiénes eran mis padres y ese tipo de chorradas con la promesa de que, si algún día no decía mi nombre, me matarían. Para ellos, el don era una aberración, cuanto no una amenaza.

Para mí, una maldición.

Por: Rubén Sebas

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