Trinchera

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El camino hacia la trinchera es el más duro en la vida de cualquier persona. Realizas el trayecto sabiendo que puede ser el último viaje que emprendas en tu vida.

Sabes que lo que te espera es el principio del fin.

Estás en un vehículo, pero tu mente no está allí. Tu mente está recordando lo que has hecho en tu vida. Pura nostalgia. Sonríes, hasta se te cae una lágrima.

Recuerdas. Recuerdas las cosas que has hecho. Y las cosas que no has hecho. Recuerdas las travesuras de niño, los amores adolescentes, tu vida adulta. Recuerdas aquella travesura que no llegaste a hacer, aquel amor que no te atreviste a emprender, aquel trabajo que debiste aceptar.

Miras al frente. El día está soleado. Pero a ti te parece gris. Gris porque el camino a la trinchera no es nada agradable. Es muy frustrante no poder disfrutar de un día soleado.

Amigos. Amigos que estuvieron. Amigos que se fueron. Sabes que vendrán amigos, pero seguramente durarán poco. A veces es preferible no establecer nuevas amistades porque cuando se pierden duelen más.

Te gustaría que el viaje fuera eterno. Que no acabara nunca. Quedarte con los que estás, no bajar nunca de ese vehículo. Pero sabes que será corto, muy corto. El tiempo es así. Cuando te gustaría que fuese lento, avanza a una velocidad de vértigo.

La trinchera. Ese lugar donde vas a enfrentar a un enemigo. Un enemigo que sabes que quiere acabar contigo. Es implacable. No se detendrá. No sabes cuánto podrás luchar contra él.

Abandonar sería lo más fácil. Lo piensas. Piensas en abandonar. Sabes que tarde o temprano abandonarás el mundo. Has asumido la muerte como una etapa más. ¿Por qué no adelantarla y evitar la lucha?

No. No quieres abandonar. Lo fácil es también cobarde. Tú no eres un cobarde. Vas a luchar hasta el último momento. Agotarás tus fuerzas. Flaquearás. Pero lucharás.

Ese momento de aceptación te da fuerzas, te da valor.

Sabes que es un valor iluso. Te vuelven las dudas.

Odio. Odias el lugar a donde irás. No has estado pero sabes que lo odias. En sí, por lo que representa.

Imaginas un lugar diferente. Sí. Te gustaría estar en una playa, llena de gente bañándose, gente alegre. Un refresco. Disfrutando del sol. Porque el sol de hoy no lo disfrutas.

Nunca has sido de rezar. Pero te encomiendas a Dios. Bueno, al dios que quiera oírte. El que esté dispuesto a ayudarte.

Oyes palabras de apoyo, aprecio. Te parecen huecas, vacías. Sonríes tímidamente. No es por despreciar. Pero tu ánimo no va a mejorar con palabras. No eres consciente de que, seguramente, en un momento futuro las echarás de menos.

Se acerca el momento. Estás nervioso. Ni si quiera sabes si tus piernas van a reaccionar. Bajas del vehículo, aunque no lo haces solo. Pero te sientes solo. Y aceptas el destino.

Te desagrada profundamente el cartel de la residencia.

Por: Rubén Sebas

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